Cuando Max Weber, reconocido como el Marx de la derecha, abogó por el manejo sensato de la política gubernamental, creía sinceramente que, pese a la traición de la burguesía contra su propio programa, otrora moderno y revolucionario, era imperioso dotar de sustento no sólo racional, técnico y científico a la gerencia de la cosa pública, sino de conferirle una proyección humana al horizonte político del Estado.

Se trataba de prevenir la revolución de los descontentos dotándolos de igualdad formal y real y no de mentiras y de balas; se trataba de sal, pan y agua; de luz, tierra y salud; de trabajo, justicia y alegría. Era eso o un baño de sangre. El programa político de la utopía humanista o el que levantaron el internacionalismo anarquista y socialista es el mismo que la derecha culta y socialdemócrata tuvo que asumir a costa del erario público para que los débiles, desahuciados y desprotegidos sean levantados al nivel de la dignidad y no de la violencia.

Weber, que no era cínico, como las derechas temerarias del momento, creía que la tarea de la promoción humana no tenía banderas, y que el tiempo para concretarla en el espíritu de la ley no era el de los aplazamientos eternos. La construcción del Estado sigue exigiendo hoy que la redistribución se efectivice en cada punto de la praxis política. Weber fue consciente de que los dos siglos de capitalismo transcurridos habían pasado sin resultados democratizadores visibles, razón por la cual desarrolló la idea de una legión de administradores cultos preparados por el Estado para asumir la tarea de servir a la Nación, antes de que las masas lo hagan por sí mismas.

Era antes, como lo es hoy, un buen negocio invertir los fondos públicos y los excedentes de los ricos para que las mayorías convivan dentro de la democracia, en vez de enrolarse en las aventuras terroríficas que seducen a los estómagos vacíos y las almas sin esperanza. La muerte no atemoriza al que vive en medio de ella. La pérdida de la libertad no parece una gran tragedia para quienes experimentan las libertades como tinta negra y propósitos rancios.

Ciertamente las mayorías se equivocan cuando debutan en la administración sin técnica, fondos y experiencia, pero es también cierto que nadie lo aprende de oídas. Igual que comer con nueve cubiertos es una cuestión de rutina familiar, no basta saber cómo manejar la cosa pública sino sobre todo para quién. Ciertamente, la eficacia es un requisito público, pero lo es más la sensibilidad y la sensatez, sin la cual aquélla resulta fría y contraproducente.

¿Puede la convocatoria de algunos tecnócratas del empresariado a la administración pública hacer la diferencia respecto de los verdaderos fines del oficio gubernamental? Será lo mismo crecer que ahondar peligrosamente las diferencias entre ricos y pobres? Será posible que las derechas segundonas asuman el riesgo de invertir en primera persona sin escudarse en el capital extranjero y transnacional?

¿Habrá que desideologizar las leyes, despolitizar la política y al Estado y llenarlo de tecnócratas sin bandera y sin corazón? Será que la corrupción es un vicio sólo político y no de los rufianes de toda laya?

El poder por sí solo no humaniza, porque es sólo un medio y no un fin. Los tecnócratas sólo tienen razón de ser cuando su servicio se traduce en el bienestar efectivo de la Nación, o preferentemente el del pueblo que sufre. La eficacia es, así,  más importante que la eficiencia.

¿Quién sabe lo que los pueblos necesitan, la gente sin instrucción, ahorros ni futuro o la élite tecnocrática y los politicastros que nos representan?

Raúl Pastor Gálvez

Analista político y docente universitario