
Declaraba el actual Presidente mexicano, Enrique Peña Nieto, en una entrevista publicada por el periódico francés «Le Monde» en octubre del pasado año, que uno de sus objetivos políticos era “transformar a México en líder mundial de la lengua española y de sus productos culturales, como el cine, la literatura, la radio, la prensa, la televisión y la enseñanza superior”. Una afirmación que tal vez habrá extrañado a muchos que, siendo hispanos por cultura y lengua, por desgracia todavía no son plenamente conscientes del valor geoestratégico de la lengua española en el mundo.
Las palabras de Peña Nieto, en realidad, no deberían sorprender lo más mínimo si se tiene en cuenta la actual realidad geográfica y demográfica del español. Si acaso, sorprende que hasta ahora no haya habido más altos mandatarios hispanoamericanos que se hayan pronunciado en tal sentido. Porque es un hecho que México, con sus más de 116 millones de habitantes según los más recientes datos censales, es, con diferencia, el primer país hispanohablante del mundo, muy por delante de los que le siguen en población, España y Colombia, casi triplica a la población de Argentina y casi cuadruplica a las de Perú y Venezuela. De hecho, si le sumáramos los habitantes de origen mexicano que hoy viven en Estados Unidos y que siguen conservando el idioma materno, resultaría que hay casi 150 millones de mexicanos en el conjunto de la comunidad hispanohablante mundial, lo que representa un tercio del total. Dicho de otro modo, una de cada tres personas que hablan español viven en México o son de origen mexicano. Parece obvio que, si algún país ha de tener un protagonismo especial en lo que atañe al destino del español, aunque sólo sea por peso demográfico, ese país debería ser México.
«De hecho, si le sumáramos los habitantes de origen mexicano que hoy viven en Estados Unidos y que siguen conservando el idioma materno, resultaría que hay casi 150 millones de mexicanos en el conjunto de la comunidad hispanohablante mundial, lo que representa un tercio del total.»
Pero más allá del peso específico de México, lo que en realidad cabe resaltar es la desmesurada dimensión hispanoamericana del español hoy día. Nuestro idioma, aunque europeo por origen e historia, hoy es, ante todo, la lengua de América. Es el idioma más hablado en todo el continente, tanto como lengua materna como por hablantes totales, por delante incluso del inglés. Y, aunque es cierto que España es el país de origen y el que da nombre al idioma –aunque se lo denomine “castellano”; Castilla es después de todo la parte principal de España- el destino de nuestro idioma ya depende fundamentalmente del futuro de Hispanoamérica, nueve veces más poblada que España y veintitrés veces más extensa. La consolidación del español como idioma de dimensión planetaria es obra, en realidad, de los hispanoamericanos, y no de España, más preocupada por extender la fe católica que en difundir el idioma. Cuando el Consejo de Indias propuso al rey Felipe II el obligar a los indios a aprender el español, por razones prácticas de entendimiento, el rey se opuso, argumentando que “no parece conveniente apremiarlos a que dejen su lengua natural” y que sólo debieran designarse maestros que enseñaran el castellano a quienes “voluntariamente quisieren”. Así, cuando se producen las guerras de la independencia americanas, en las primeras décadas del siglo XIX, todavía la gran mayoría de la población era indígena y hablaba multitud de idiomas.
Fue la acción “estatalizadora” de las repúblicas ya independientes de España la que contribuyó a la formidable difusión del español, pues además de haber sido el idioma de prestigio, comercio y cultura durante los tres largos siglos de historia anterior común, era además el único idioma verdaderamente común que servía como vehículo de comunicación en todo el ámbito hispanoamericano. De ser la lengua de escasamente un 30% de la población total, en el momento de la independencia, el español pasó a ser la lengua materna de más del 93% de los cerca de 400 millones de hispanoamericanos en la actualidad. Y, para el 6% ó 7% restante, es también la lengua común de comunicación fuera de sus estrictas –y reducidas- comunidades lingüísticas. Es decir, curiosamente, pese al alejamiento político, económico, cultural, de España tras la independencia, el español conoció una expansión contra todo pronóstico. Escribió Rubén Darío “buques, hombres e ideas de otros países llegaron a nuestras tierras, y nosotros, también, poco a poco, olvidamos a España; de todas maneras, nuestro idioma siguió siendo siempre el español, más o menos adulterado, vivificado o corrompido, como plazca, pero el español al fin”. Habría que matizar sus palabras diciendo que, más que adulterado, el español resultó enormemente enriquecido, y en muchas zonas conservó una pureza que casi se ha perdido en la España moderna.
La realidad de nuestro idioma en el mundo, su vigor, unidad e inmenso potencial, no es siempre algo evidente para los que, en teoría, seríamos sus principales beneficiarios: los hispanohablantes. Sea por autoderrotismo acomplejado, por imitación de lo extranjero, falta de cuidado o de protección, el caso es que muchos hispanohablantes no sienten demasiado orgullo por su idioma o incluso desconocen, cabalmente, la verdadera dimensión del mismo. ¿Cuántos de nosotros, ciudadanos de a pie o representantes políticos, somos conscientes de que por su número total de hablantes en el mundo el español ocupa el tercer lugar, sólo por detrás del mandarín y el inglés, de entre las más de 6.000 lenguas que aún se hablan en nuestro planeta? A ello se une el hecho extraordinario de que en América, donde se concentra la mayoría de hablantes, el idioma discurre por una continuidad geográfica ininterrumpida desde el suroeste de América del Norte hasta el extremo meridional de América del Sur, a lo largo de más de 10.000 kilómetros, algo que no le ocurre a ningún otro idioma del mundo, salvo, tal vez, el ruso. Con la peculiaridad, en el caso del español, de que éste une además los dos mayores océanos, Atlántico y Pacífico, en ambos hemisferios.
«Si Hispanoamérica fuese una nación unida en un solo Estado, en un país soberano, su gigantesca influencia se dejaría sentir en todos los confines del mundo, y veríamos multiplicarse la importancia de nuestra lengua de manera insospechada»
Si Hispanoamérica fuese una nación unida en un solo Estado, en un país soberano, su gigantesca influencia se dejaría sentir en todos los confines del mundo, y veríamos multiplicarse la importancia de nuestra lengua de manera insospechada. No es el hecho de que Inglaterra tuviera un gran imperio o el que el inglés sea idioma oficial en muchos países lo que ha convertido al inglés en la “lingua franca” o idioma general de relación en el mundo de nuestros días. En realidad, ha sido la existencia de esa entidad enorme y poderosísima llamada Estados Unidos lo que ha catapultado al inglés a la posición que hoy ocupa en el mundo. No nos quepa duda de que, de haberse mantenido unida Hispanoamérica tras su independencia, la posición de nuestro idioma en el mundo estaría en competencia directa con el inglés; sobran argumentos geoestratégicos para demostrarlo.
Pero, claro está, todo ello sólo sería posible con una Hispanoamérica unida, que ocupe, en el mundo hispanohablante, el papel que ocupa Estados Unidos en el mundo anglosajón. Por desgracia, no sólo estamos artificialmente divididos por absurdas fronteras políticas que impiden que tengamos voz y voto en el concierto mundial, sino que además nos hemos enzarzado en multitud de ridículos diferendos fronterizos y nos hemos enfrentado por ideologías extrañas e impuestas, desde la mal llamada “independencia” (que en realidad fue una separación del super-Estado intercontinental que formábamos con España para pasar a depender primero de Inglaterra y después de Estados Unidos). Con razón escribió el chileno Francisco Bilbao: “Uno es nuestro origen y vivimos separados. Uno mismo nuestro bello idioma y no nos hablamos. Tenemos un mismo principio y buscamos aislados el mismo fin”.
Hispanoamérica necesita encontrar, por fin, su senda, su razón de ser histórica. Y necesitamos recuperar la dignidad de ser americanos, a nuestra manera; no al estilo sajón, pues somos distintos. Y qué mejor manera de empezar a hacerlo que tomar conciencia de este tesoro que poseemos que es el idioma común, lleno de claridad, belleza –aunque nosotros no la apreciemos-, fuerza y recursos. Todavía no hemos comprendido todo lo que podríamos llegar a ser y a hacer tan sólo apoyándonos en este formidable instrumento, que sitúa a nuestras sociedades en los primerísimos puestos de expresión cultural del mundo. Amemos, cuidemos y fomentemos nuestro idioma. Recordemos aquellos versos de la poetisa uruguaya Juana de Ibarbourou en su célebre “Elogio de la lengua castellana”: (…)habla de plata y cristal, ardiente como una llama, viva cual un manantial!
José Ramón Bravo
Jurista y escritor español


