
En una conversación informal, casi improvisada, alguien me dijo: “¿por qué no escribes sobre cómo superar la perdida de un ser querido?” (..) “¿Duelos?“-le contesté. Y por alguna razón me vino de inmediato a la cabeza una idea: ¿qué hay de los duelos por lo que no ha habido?
Pues si bien es sabido que el duelo es el proceso de adaptación emocional que sigue a cualquier pérdida ( puede ser de un ser querido, de un empleo, de una relación, pero también la pérdida de algo físico o simbólico…) cuya elaboración no depende tanto del paso del tiempo como del trabajo que se realice para superarlo. Y que muchos son los autores en psicología y psiquiatría que han tratado de determinar, describir y entender las etapas por las que se sucede el mismo. También es cierto que la manera en que manifestamos el duelo y nuestras estrategias de afrontamiento, no son respuestas conductuales únicas ni ‘exactas’.
Hay sin duda un componente cultural, aprendido. Tanto para la expresión, como para el peso de éste. En el sentido del valor, o la hondura que le concedemos al ‘objeto perdido’, en función del vínculo relacional y afectivo que nos unía. Así cada grupo social fija los códigos compartamentales del mismo. A pesar de que la subjetividad de cada cual los proyecte de manera distinta en su individualidad. El duelo también tiene una dimensión física, cognitiva, filosófica y de la conducta que es vital en el comportamiento humano.
En una conversación informal, casi improvisada, alguien me dijo: “¿por qué no escribes sobre cómo superar la perdida de alguien querido?”
Las principales fases de un Duelo son: 1. Negación. Negarse a sí mismo o al entorno que la pérdida ha ocurrido.2. Enojo. Euforia u enojo de no poder evitar la pérdida. 3. Negociación. Negociar consigo mismo o con el entorno, entendiendo los pros y contras de la pérdida. 4. Depresión. Se experimenta tristeza y dolor por la pérdida. 5. Aceptación. Se asume la pérdida.
Pero como apuntábamos el afrontamiento (y por lo tanto la duración de estas etapas) es variable, y depende en gran medida del trabajo de duelo.
El término trabajo de duelo es apropiado, pues el duelo requiere de la utilización de energía tanto física como emocional. Usualmente los deudos no están preparados para trabajar con sus intensas reacciones emocionales por un periodo prolongado y/o no comprenden la necesidad de aceptarlas y expresarlas. Asimismo, las personas que rodean al deudo tienen dificultades para evaluar adecuadamente los requerimientos que este proceso exige, el que normalmente se percibe como dependiente solo del paso del tiempo. Esto determina que las personas que rodean al deudo frecuentemente no proporcionen el apoyo social o emocional necesario para que este pueda realizar su trabajo de duelo y luto. De hecho, las expectativas poco realistas de nuestra sociedad y las respuestas inapropiadas a las reacciones normales del doliente suelen hacer de la experiencia de duelo algo mucho más difícil de lo que podría ser. Por ejemplo, si no se les dijera a los dolientes que sean valientes, tendrían menos conflictos con la expresión de sus emociones.
El trabajo de duelo incluye no solo a la perdida objetiva, sino también a todas las ilusiones y fantasías, las expectativas no realizadas que se tenían para esa persona y la relación con ella. Estas son las pérdidas simbólicas, que deben ser trabajadas. Hay que buscar no solo lo que se perdió en el presente, sino también en el futuro. No es menos pérdida y también debe ser objeto del trabajo de duelo.
El trabajo de duelo incluye no solo a la perdida objetiva, sino también a todas las ilusiones y fantasías, las expectativas no realizadas que se tenían para esa persona y la relación con ella.
Y aquí retomo mi reflexión inicial, casi impulsiva, sobre el duelo anticipado. Es decir; la pérdida simbólica. A veces como aspectos añadidos al duelo físico y emocional, y otras como sentimiento de pérdida en sí mismo. Por sí solo. Aislado. Cuando se han desarrollado expectativas, ilusiones, fantasías… respecto a una persona –situación u objeto– , en una proyección mental y emocional de consecución de logro (o lo que es lo mismo; la satisfacción de las mismas) y por alguna razón se ven repentina o forzosamente truncadas, ‘antes de‘. El sujeto (o deudo) experimentará el mismo sentimiento de pérdida. Con la vivencia subjetiva de sufrimiento y dolor, en los mismos términos de cualquier otro tipo de pérdidas ya mencionadas, que evolucionará pasando por las mismas etapas de aquellas.
Algunas por ejemplo pueden ser la pérdida de un proyecto no realizado, la inconclusión de una expectativa fuertemente esperada, la desilusión por un enamoramiento no correspondido… el desencuentro entre la idea del hijo –padre/hermano/amigo– proyectada o imaginada y la real, y cualquier situación de trascendencia vital para el sujeto, que haya anticipado con una poderosa idealización. Circunstancias que desarrollaran del mismo modo un fortísimo vínculo con el ‘objeto de anhelo’.
Sin embargo, desde el punto de vista de daño psicológico –consecuencias, o secuelas– a veces este tipo de pérdidas pueden llegar a ocasionar un afrontamiento mucho más complicado y prolongado en el tiempo, incluso en ocasiones no superarse del todo. Pues el duelo saludable requiere de la etapa de ‘etendimiento’ previa a la superación. Y en caso de pérdida simbólica pueden faltar los elementos objetivos que permitan al sujeto comprender y asumir.
Traten de recordar todas las veces en las que sintieron dolor, tristeza, abatimiento, por cosas que perdieron antes de llegar a ‘poseer’. Todos hemos sentido ese luto… porque
No hay peor duelo que aquel que llora por lo que nunca se tuvo.
Grela Bravo
Psicóloga y escritora española
articulartemail@gmail.com



