
Los pasos por la ciudad siempre son inspiradores. Cualquier esquina o instantánea me resulta el pretexto idóneo para observar y anotar conclusiones, de esas que nunca concluyen. Si fuéramos subrayando la realidad con círculos categóricos, salir a la calle a redescubrirla sería cada vez más insulso y aburrido.
Y así, en un paso de peatones, se me antojó la idea de que las personas éramos como signos de ortografía, distribuidos en las líneas que narra la vida. Mirando a los que estaban al otro lado de la calle, en disposición inversa a mi y sin embargo dispuestos a recorrer el mismo trayecto en un viceversa recíproco.
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Hay personas como comas, se suceden como incisos a la norma, se repiten como definiciones infinitas. A veces sólo separan el entero de sus decimales. Son las más comunes, las encuentras con tanta frecuencia que podrían incluso pasar desapercibidas. Pero están, siempre están, aunque las leamos sin advertirlas.
«Y así, en un paso de peatones, se me antojó la idea de que las personas éramos como signos de ortografía, distribuidos en las líneas que narra la vida.»
Otras aparecen de repente, como un interrogante que te sorprende y cuestiona. Son personas que invitan a replantearte nada en concreto o todo en particular; a ti mismo, a las cosas que presuponías, lo que sospechabas o ya sabías. Desde lo más trascendental a lo más insignificante. Tienden una línea de posibles opciones entre tu duda y su demanda. Un puente vertiginoso entre la incertidumbre y la certeza. Pueden cambiar el sentido completo de la historia, todo depende de tu respuesta.
Las hay que interrumpen párrafos enteros. Son como puntos suspensivos. Podría caber cualquier desenlace con ellas, pero ninguno se da. Se quedan ahí detenidas en mitad del aire, el mismo aire que tomamos para continuar. Y proseguir aún con el sabor agridulce que nos deja su indeterminación pendida. Después de ellas ya nada sigue igual.
Algunas son un punto y seguido. Una delimitación inevitable. Aprehenderlas es un cambio de rumbo necesario. Te llevan a otra cosa sin réplica ni interpelaciones. Un antes y un después en tu vida. Incluso en la de ellas. Unas pueden ordenar el cuento, otras lo fragmentan en pedazos irreconciliables. Son ese justo término medio entre los tiempos verbales. Recordarlas es un participio inapelable.
A veces otras sobrevienen como un signo de exclamación. Para poner énfasis en tu vida. Llenar de altibajos la biografía. Inducir la dosis necesaria de fascinación, de asombro, de estupor. Para desconcertarte, despertarte de la aletargada monotonía. Inyectar la admiración necesaria para reemprender la ruta. Conocerlas es abrir una ventana y dejar que todos los recovecos se aireen, ventilando fantasmas y dudas. Son aquellas personas que sin saber cómo o por qué, sí o sí, causan impresión.
«Pero sin duda alguna, y de entre todos ellos, ninguno me marcó tanto como tú. Que sin entender de qué manera, ni adivinar por qué, cómo ni cuándo, has aparecido en medio de toda esta fábula con una fuerza insospechada.»
Otros son un punto y coma, como una aclaración constante. Un ‘es decir’ para todo. Podrían ser prescindibles. Reafirman lo que quizás ya sabías, refundan lo que tal vez ya aprendiste. Pero les gusta reiterar su presencia. Y acotar la tuya.
También hay dos puntos. Sujetos asertivos y líderes. Muy similares a aquellos que ponen los puntos sobre las is. Señalan, anotan, delimitan y apostillan. Los hay como guiones, o paréntesis, incluyen la excusa o la excepción. Como si se anunciaran siempre a modo de disculpa.
Algunos les gusta poner comillas a la realidad. Se manejan mejor en significados que en significantes. Redefinen sin guardar demasiada lealtad a los hechos. Prefieren lo que proyecta la metáfora que lo que infiere la objetividad. Son esos que suelen caer simpáticos a pesar de saber de su falta de rigor, de su débil compromiso con la espinosa verdad. Entre comillas todo es relativo. Ponen una sonrisa pícara a su parcialidad.
También pude conocer tildes, cursivas, asteriscos…
Pero sin duda alguna, y de entre todos ellos, ninguno me marcó tanto como tú. Que sin entender de qué manera, ni adivinar por qué, cómo ni cuándo, has aparecido en medio de toda esta fábula con una fuerza insospechada. Con una contundencia incontestable. Seduciendo cualquier intención de negarlo, cualquier posibilidad de ignorarte. Inesperadamente.
Has llegado para poner un punto y aparte.



