
No recuerdo cuándo ni dónde vi el primer afiche publicitario –fui a toparme con varios más –sobre el conversatorio “Develando el erotismo en la ficción de Mario Vargas Llosa” que organizaban los estudiantes de Lengua y Literatura, y la verdad, ese detalle importa ahora un pepino. Lo que sí recuerdo, –más por costumbre, que por buena memoria –es que marqué en el calendario de mi teléfono móvil, la fecha y la hora en que este se realizaría y que, a partir de allí, adquirí un nuevo punto de referencia en el tiempo: Solía pasar. No era extraño escucharme diciendo:
– “…era miércoles, estoy seguro. Lo sé, porque al día siguiente, Jueves, en el teatro municipal, tocaban a Beethoven…” –o –“…el informe se presenta la otra semana, no sé hasta qué día exactamente, pero sí que debe ser antes del inicio del Festival de Cine…”
Pero aquello no era todo. Además –hacía algunos meses que pasaba, aunque nadie lo sabía –se me había dado por creer en la endiablada idea de no poder sobrevivir a una semana sin nombre propio. No pocos creerán que es una locura, pero los hay también que entenderán si digo que respiré aliviado cuando determiné que la siguiente se llamaría “Mario Vargas Llosa”, como no pude llamarla de otra manera.
Relajado y poseedor de una semana formalmente bautizada –la ceremonia de bautizo consistía en un acto simbólico donde me encendía un pitillo de marihuana para llamar a la buena suerte, mientras repetía nombre de la semana una veintena de veces –ya no tuve reparos en hacerle fintas a los autos en marcha, lanzarme desde el escenario en un concierto de Rock o rozarle los senos, descaradamente, a una pechugona.
Los días que me separaban del conversatorio se tornaron harto agradables y transcurrieron como transcurren los días de ensueño. Incluso,el día antes del conversatorio–y esto sucedía solo en muy raras ocasiones –, ya había decidido el nombre de la semana siguiente, por lo que algo en mí se regocijaba, a su vez que permanecía alerta.
– ¡Qué buena mierda! –pensé –Esta semana te has comido dos Fuentes y mañana oirás bastante de lo pipiléptico que es Llosita…
Una mueca de burlesca satisfacción maquilló mi rostro.
– Ojalá que Gabito no te esté maldiciendo desde su tumba, por ingrato…–agregué, consciente de mi excesiva fortuna.
Por alguna maraña del destino, la tarde del conversatorio se presentó convulsa. El servicio de agua potable anunció un corte por reparaciones (no había forma de enterarme sobre aquello, puesto que no tenía radio, televisión o internet), la temperatura ascendió drásticamente por el fenómeno del niño y a la vecina se le dio por repetir a todo volumen, una y otra vez, las canciones de Ana Gabriel.
– Puedo soportarlo –dije, mientras me abanicaba con el diario del domingo –Algún día volverá el agua, el fresco y hasta la razón de esta loca de mierda…
Recorrí el camino desde mi casa hasta el auditorio del CIDUNT, sin exabruptos. Me había propuesto llegar a la hora exacta, por lo que una extraña alegría me invadió en forma de calor, al saber que me hallaba a menos de cien metros del auditorio y con tres minutos de ventaja. Grande fue mi sorpresa al asomarme y reconocer a través de la puerta vidriada, solo una calva entre el mar rojo de los asientos plegables.
– ¿Solo un pelado? ¿Y dónde están los estudiantes? –pregunté a la anfitriona, quien al verme llegar, se aproximó con una invitación en la mano.
– Aún es temprano, joven. Puede tomar asiento y esperar –respondió, entregándome la invitación, que doblé sin leer.
¡Y un carajo! Había confiado en las buenas costumbres de los hipsters que asistían a este tipo de eventos, olvidando que no por ello dejaban de “moverse a la hora peruana”. Ni siquiera Esleytter había llegado. La anfitriona no era precisamente guapa, por lo que permanecer afuera se pintaba como la opción mala. Además, yo siempre cargaba con un par de libros en la mochila y los asientos del auditorio eran bastante cómodos. Entré en el recinto, arrojé la invitación en un tacho y me arrellané en una de las butacas del extremo derecho –el otro asistente se hallaba en el extremo izquierdo–sin generar reacción alguna en el calvo. A salvo de las miradas inoportunas, me lie un pitillo –que terminó siendo una verdadera obra de arte – y salí a fumarlo en una de las muchas explanadas que tiene la Universidad Nacional de Trujillo. Justo después de cruzar la puerta vidriada, una voz detrás de mí detuvo mi marcha.
– ¿Dónde vas tan apurado, negrito?
Era Esleytter. Esleytter era un compañero de facultad con quien había llevado todo un semestre académico. Pertenecía a la misma promoción que yo, pero en un turno diferente. Durante su estancia en mi clase habíamos adquirido la costumbre de asistir a cineclubs o conciertos gratuitos, siempre con dos o tres pitillos encima. Había nacido en Chao, una ciudad al sur de Trujillo que experimentaba un vertiginoso crecimiento por el boom agroindustrial.
Lo más curioso en Slity –tal era su apodo –era la pequeña estatura que poseía, producto de no sé qué accidente en su infancia. Tenía los ojos verdes como esmeraldas y tocaba la guitarra diestramente.
A nadie le parecía extraño verme rondando por los pasillos de la facultad, a la caída de la tarde (mi turno era el matutino) y preguntando: ¿No has visto al chiquito? o ¿Ya salió el pequeño?
– ¿Dónde crees que voy?
– ¡Vamos en una, tío!
– Mira esta belleza, ¡y con tres cuartos de rizo!
– ¿En la canchita de económicas?
– Podríamos legalizarla por toda la universidad.
– ¿Todavía no empieza esta huevada?
– Tiene para rato.
– Entonces, legalicémosla por toda la universidad…
Al volver, para mi tranquilidad, la concurrencia había aumentado. Nos sentamos en la misma fila de extremo derecho en que había estado antes. El calvo continuaba con la mirada inmutable sobre su libro amarillento y parecía más excitado que hacía un momento.
Hurgué en el bolsillo de la mochila y saqué el primer tomo de Rojo y Negro. Me acomodé en el asiento y empecé la lectura. Esleytter, en tanto, leía un libro pequeño de hojas apolilladas, no recuerdo el título ni el autor. No habían pasado más de dos minutos de lectura cuando una fuerza no identificable arrastró mi mirada hasta el escaño del calvo. Estaba mirándome, con los ojillos perdidos detrás de sus anteojos culo de botella. Su rostro poseía facciones ratoniles: Ojos pequeños y muy negros, nariz fruncida como en medio de un reconocimiento olfativo, dientes sobresalientes por su coloración pardusca o, simplemente, por su ausencia. Su deficiencia visual le obligaba a cerrar excesivamente los ojos, con lo que todos los músculos de la cara se contraían, dando la apariencia de un perro gruñendo.
¡Y un carajo! Había confiado en las buenas costumbres de los hipsters que asistían a este tipo de eventos, olvidando que no por ello dejaban de “moverse a la hora peruana”
Como el tipo era bastante feo y además, un completo desconocido, continué con la lectura de mi libro sin grandes tribulaciones.
Pero, por más que me concentraba en las minúsculas letras de mi texto, no podía dejar de sentir esa fuerza extraña proveniente de mi flanco izquierdo, en dirección al calvo.Así que levantando la voz y sin volver la cabeza, dije:
– ¡Es Rojo y negro, de Stendhal!
No sé si el tipo dejó de mirarme o si perdió la convicción al hacerlo: No volví a sentir la presencia de su mirada en toda la noche.
Esleytter, que se había percatado de todo, me preguntó:
– ¿Quién es? ¿Te hizo algo?
– No.
– Y, ¿entonces?
– Ya tengo suficiente de amigos roedores –respondí.
Estaba desmoñando el contenido del segundo bate de la noche, cuando una anfitriona –luego pude percatarme que había, al menos, cuatro de ellas –se acercó hasta nuestras butacas y nos pidió registrar nuestros datos en un talonario de rifa. La moza nos explicó que al finalizar el conversatorio se sortearían una docena de libros de Mario Vargas Llosa, en ediciones nada despreciables, por cierto.
No sé si fue el deseo de obtener un Vargas Llosa lo que me hizo llenar el talonario a volandas o si fue la presencia de la muchacha a escasos centímetros de mi rostro.
Lo cierto es que, cuando hube concluido y mientras Slity colocaba sus datos en el talonario, pude reconocer algunas de las características físicas de la joven: Casi era bonita, o al menos, eso era lo que dejaban traslucir las sendas capas de maquillaje superpuesto que le daban a su rostro un aspecto plástico. Sus pechos, apretujados por el sostén, daban en ella una sensación de maternal afecto. Su cintura era delgada y remataba en unas caderas indiscutiblemente hermosas. El aspecto de sus piernas era de fuerza y firmeza. Su peinado consistía en un moño simple hacia arriba. Llevaba una blusa rosa bastante generosa y una falda negra, muy ceñida al cuerpo. Toda ella respiraba un aire de sereno peligro: Era pues, el modelo tamaño real de la Barbie secretaria o un cosplay de ejecutiva.
Debido al asedio del calor imperante, la muchacha no podía disimular la incomodidad que le representaba portar un atuendo tan pequeño: A lo largo de la frente se adivinaban pequeños espejuelos que no tardarían en formar un caudal de sudor.
– Sus números son el 58 y el 59 –dijo, con una voz casi inaudible.
Era obvio que la joven no deseaba estar allí y, sin embargo, en todo momento mantuvo su sonrisa amable e idiota: Casi huyó cuando Esleytter terminó de llenar sus datos y le entregó el talonario.
Presto, reinicié el desmoñe. De pronto, el maestro de ceremonias anunció el inicio del conversatorio y presentó a los tres miembros de la mesa principal. Esleytter me dirigió una mirada de decepción que entendí inmediatamente: Habría que posponer el bate.
El primer miembro de la mesa principal era un anciano erudito, sobreviviente a su generación, de los que siempre se encuentran en las universidades. La mitad del tiempo que le otorgaron para su disertación, se la pasó criticando –etimológicamente, con citas y referencias bibliográficas –el “injustificable error” cometido al titular el conversatorio. Según el anciano, el nombre que correspondía a este era “Develando la sexualidad en la narrativa de Mario Vargas Llosa”, y no “Develando el erotismo en la ficción de Mario Vargas Llosa”. En fin, él era su profesor de lengua y podía romper una palmeta en la cabeza de sus alumnos si lo consideraba necesario. El problema es que el viejecito rondaba el tema del conversatorio con muchos ejemplos y citas que me eran completamente desconocidos. Incapaz de poner atención, volví la mirada hacia los asistentes.
– Fantástico. –pensé, al reconocer en los rostros del auditorio el gesto que ahora me gobernaba –No soy el único que no le entiende un carajo al viejito.
Cuando por fin abordó el tema en cuestión, yo ya había olvidado que estaba ahí por la arrechura de Llosita, lo que me fastidió un poco, pues cada vez se hacía más difícil seguirle el ritmo al anciano. No fue sino, al final de su discurso, cuando dijo algo que me sorprendió sobremanera:
– Vargas Llosa es un escritor que narra situaciones, altamente sexuales, pero sin caer en la descripción burda y/o explícita del acto sexual en sí, o las aberraciones que se pueden cometer a través de este…
– La putamadre –pensé –¿Y los abusos del Gran Estuprador, fríamente descritos, en La fiesta del Chivo…? ¿Y las prácticas sádicas, a las que era sometida Kuriko, en Las travesuras de la Niña Mala…?
Le hice saber a Esleytter de mi inconformidad, a lo que él respondió, muy sereno:
– Pero, negro ¿Por qué no se lo preguntas?
Y eso hice.
El segundo miembro de la mesa, era el Decano de la facultad a la que yo pertenecía y docente en la especialidad de Lengua y Literatura. Esta participación–aunque planteó un argumento sólido y casi irrefutable –se tornó aburrida debido a la poca interacción que generó el ponente con la lectura de una hoja –preparada previamente por él, a fin de evitar cualquier error (o contradicción) involuntario. La lectura era un tratado sobre el contenido sexual de las novelas El elogio de la madrastra y Los cuadernos de Don Rigoberto y lo cierto es que los libros me habían parecido más entretenidos quela perorata del Decano. En fin, pasados los minutos reglamentarios, el ponente remató el discurso con un pensamiento de su creación, referido al tema tratado. Aún hoy, por más que me esfuerzo, no logro recordar las palabras de aquella frase.
– Vargas Llosa es un escritor que narra situaciones, altamente sexuales, pero sin caer en la descripción burda y/o explícita del acto sexual en sí, o las aberraciones que se pueden cometer a través de este
El tercer miembro de la mesa –un profesor de Lengua y Literatura al que yo desconocía –expuso, en escasos minutos, lo que los otros dos ponentes expusieron en su momento y mucho más e, incluso, se dio tiempo para analizar un fragmento del libro Pantaleón y las visitadoras, frente a un público absorto por su destreza pedagógica.
Nadie se extrañó cuando al finalizar su participación, el auditorio estalló en aplausos ensordecedores, ni cuando sus alumnos –debieron ser sus alumnos, pues no podría explicar de otra forma tanta efusividad –se treparon en el escenario, para estrecharle la mano.
Una de las anfitrionas –la fea que me había recibido en la puerta –le pidió que permaneciese en el escenario unos minutos más, pues el sorteo estaba por iniciar y requerían de su presencia para hacer entrega de cada uno de los libros. Con una amplia sonrisa, el profesor aceptó. Para el primer sorteo –habían decidido hacer dos- colocaron sobre la mesa principal una pila de siete u ocho libros, la mayoría de ellos escritos por Mario Vargas Llosa: Los demás pertenecían a autores locales. La anfitriona a cargo del sorteo –es decir, la fea –dijo:
– Se irán sorteando estos libros, uno por uno. Ganarán las personas cuyo nombre esté inscrito en el quinto papel sustraído de esta bolsa – agitando una gran bolsa negra por encima de su cabeza –El profesor hará entrega del libro al ganador y se tomará la fotografía respectiva. Sin más preámbulo, comenzamos…
No recuerdo si fue en el sorteo del quinto o del sexto libro –procuraba no contar la cantidad de libros que no podía llevarme a casa, ya que configuraban para mí una pérdida, pese a no ser míos –que el número 59, salió premiado. Esleytter dio un salto en su asiento y sonrió como nunca le había visto hacerlo.
– ¡Gané, tío, gané!–exclamó.
El libro se titulaba El barco de los niños y era el último libro publicado por Marito. La calidad del papel era aceptable, la letra entre regular y grande y tenía ese agradable aroma de libro recientemente impreso que reina en las grandes librerías. Puedo decir con seguridad que me alegré tanto como él por su buena estrella, pues sabía que algún día aquel libro pasaría por mis manos: Me sentía realmente afortunado. El primer sorteo concluyó y alguien se había hecho de Travesuras de la niña mala y La guerra del fin del mundo.
– En fin –me dije –ya saldrá algo en el siguiente sorteo…
Le hice una señal a Esleytter –quien aún tenía los ojos brillantes por la emoción –, me levanté del asiento y caminé hacia la puerta vidriada. Esleytter me siguió sin decir palabra alguna. Salimos.
– ¿En qué momento? –me preguntó.
– Mientras recibías tu libro y te tomaban las fotos.
– ¿Y qué tal?
– Mira esto… -le dije, mostrándole el canuto –Dime si no es otra obra de arte…
– Está bonito, aunque es una lástima… –sentenció –Pensar que todo se lo va a llevar el viento…
Quince minutos más tarde, al volver, pudimos reconocer a la anfitriona del talonario parada junto a la puerta del auditorio en actitud de espera. Delante de ella habían acondicionado una mesa, sobre la cual descansaban una docena de libros. Los había de diversos temas y autores. Un libro en especial llamó mi atención: Era de Mirko Lauer y tenía un título demasiado largo como para recordarse. Le estaba echando una ojeada cuando noté que la joven me sonreía, tímidamente. Pasé a observarla más detenidamente, con impudicia y sin remilgos.
Creo que reconoció la lujuria en mi mirada, pues se sonrojó más allá de lo que le permitía su abundante maquillaje y desvió los ojos con un gesto de indignación.
Dentro del auditorio, un tipo que me parecía extrañamente familiar aclaraba que, en la obra de Mario Vargas Llosa, existían numerosas escenas de sexo explícito y que eran narradas por el escritor con una prolijidad y un realismo único en su especie –antes, ya había yo preguntado al primer miembro de la mesa, por la contradicción que existía entre su afirmación y los casos de Urania Balaguer y Kuriko, por citar algunos, a lo que el anciano respondió: “Yo no dije que no existieran, sino, que no los hay tan explícitos como en otros autores”.
El hombre cesó su discurso y fue ovacionado por los cuarenta –o cincuenta –asistentes que permanecían en el auditorio. Entramos y nos sentamos en las butacas del fondo: Estábamos al tope de Canabinol. La anfitriona encargada del segundo sorteo –una gordita de cara graciosa, como la de un puerquito –anunció que ya no ganaría el quinto número, sino el tercero. Sobre la mesa principal habían acomodado nueve libros de diversos tamaños: Desde mi asiento se podía reconocer que los cuatro libros de la parte inferior eran los de mayor valor. El sorteo empezó y, uno a uno, vi como los libros iban a parar en manos de perfectos desconocidos. Cuando la anfitriona anunció el título del sexto libro, sentí un hálito glacial expandiéndose en mi estómago: Sortearían La casa verde.
La verdad, es que tenía la certeza de ganarme, al menos, un libro y esto constituía una desventaja, puesto que de no ganar, además de volver sin un carajo a casa, tendría que tragarme la decepción y la certeza de estar salado. Por lo demás, pude notar que los últimos números participantes oscilaban entre el 1 y el 150, pero en el auditorio apenas y había cuarenta personas, muchas de las cuales, ya se habían ganado un libro. Como es de suponer, cada vez que al tercer número ganador se lo declaraba desierto, se extraía un cuarto papel, un quinto y así, sucesivamente, hasta que finalmente alguien daba un grito de felicidad y enmudecía el coro que celebraba: “¡No está! ¡Ya se fue!
El asunto es que La casa verde no me lo llevé yo, sino una chaparrita anónima cuyo nombre salió al sexto intento y grande fue mi malestar al oír que, de entre sus compañeros, alguien gritaba “¡Ojalá que lo lea!”, a lo que otro, respondía “¿Sabrá leer?”
– ¡Genial! –murmuré –Le han dado un librazo a Adita, la descerebradita…
Cuando se mencionó el nombre del siguiente libro, mis manos estaban gélidas como el hielo. Una marea entre fría y caliente recorría mi médula y no podía dejar de arrancarme las uñas. Slity –que se había percatado de mi lividez –me preguntó si me encontraba bien.
– Estoy bien –le dije, mirándole a los ojos –Pasa que mi cuerpo ya decidió por mí…
Él sonrió.
– ¡Vamos, negro! –me contestó –Si haces esta te consagras. Ja, ja, ja. Tú sabes que Conversación en La catedral, lo vale…
La anfitriona sacó el primer papel de descarte:
– 132.Rosa Pérez, descartada.
Ya no solo sentía ondas frías y calientes recorriendo mi médula. Un acero extraño me estaba punzando en las entrañas. Tenía las manos a punto de estallar por la presión incontenible de mi sangre. Sentía frío.
– 38.Roberto Jiménez, descartado.
Mis pies empezaron a moverse sin control. Un tic nervioso hacía que me mordiera los labios, que me atusara las barbas. En vano buscaba arrancarle sonidos a mis dedos impávidos. Sentí deseos de orinar.
– 15. Sofía Hurtado, es la ganadora.
Nadie corrió. Apenas un segundo después se dejó oír el estribillo: “¡No está! ¡Ya se fue…! Respiré aliviado, pero mi falaz serenidad dio paso a un nerviosismo violento: El deseo de orinar se tornó incontenible. No sé si fue por mi vejiga o por la presión a la que me veía sometido, que mi cuerpo empezó a sufrir pequeños espasmos, apenas perceptibles para el auditorio. Esleytter volvió a preguntar si me encontraba bien. No respondí. Cerré los ojos e intenté tranquilizarme.
– ¿No está? Entonces seguimos.
Colapsaría. Estaba decidido a salir de aquel recinto antes de sufrir un ataque cardiaco. Mis músculos seguían contrayéndose involuntariamente.
– 94, Luis Enrique Paz, es el ganador.
Mantenía los ojos cerrados: Uno, dos, tres… Nada. Una energía extraña estalló desde mi estómago.
– ¡Gané! –grité, saltando sobre la butaca-¡He ganado, Slity, he ganado!
Salí corriendo en dirección al escenario. Podía reconocer sus miradas inquisidoras, allí estarían, seguramente, los amigos de Luis Enrique Paz. Sonreía, agitaba los brazos: Allí estarían sin duda.
– ¡Él no es! –se dejó oír una voz detrás de mí. Luego dos, tres… – ¡Él no es Luis Enrique!
El acero penetró mis entrañas, mis piernas vacilaron: Estaba perdido.
Incontables ideas pasaron en ese momento por mi cabeza: Me detendría, pediría disculpas, diría que “solo fue una broma” o, sencillamente, saldría corriendo con el rostro oculto entre las manos.
Seguía caminando. Mis brazos zangoloteaban por lo alto en actitud triunfal. Detrás de mí aún se oía: ¡Él no es! ¡Él no es!
Había llegado al borde del escenario.
La anfitriona me miró de pies a cabeza. Había en su rostro matices de duda, ternura y condena.
– ¿Qué él no es? –preguntó – ¿Y por qué se le ve tan feliz?
El auditorio calló. Subí, raudamente, las gradas del escenario y abracé al profesor, mientras este me entregaba el libro y nos hacían fotografías.
– ¡Vaya! –dijo, la gordita, en tono sardónico –Nunca había visto a nadie que se apasione tanto por un libro.
Descendí del estrado habiendo despedido a todos los que estaban sobre él y me apresuré hacia la puerta de salida.
– Slity –fanfarroneé – ¡¿Acaso no piensas ir al comedor?!
Esleytter dejó su escaño y llegó a la puerta de salida en el mismo momento que yo. Al salir, vi que la muchacha del talonario me observaba con rostro contrariado: La había engañado a ella, pero no a su instinto.
– Slity –le dije, cuando llegamos a la Av. Jesús de Nazareth.
– ¡La que te has hecho, tío!
– Ya sé con qué nombre bautizaré a la semana entrante…
– ¿Así? ¿Con cuál?
– Luis Enrique Paz –le contesté –Y estás, cordialmente, invitado a la ceremonia…
Renatto Castillo
Estudiante de Ciencias de la Comunicación de la UNT


