
Del griego ‘gnosis’ (γνωσις ): conocimiento. A su vez, del prefijo día ( διά): a través. A través del conocimiento…
Siempre me he debatido entre mi vocación de conocimiento, mi sed de comprender, de saber para entender… Y mi propensión a relativizar. Una especie de instinto indultor. De inclinación por abrir las vedas de la realidad. Algo así como un duelo constante entre nombrar y adjetivar. Entre el sustantivo que categoriza, determina, acota… y el sinónimo que matiza, muestrea, ramifica, posibilita otras opciones, otras versiones.
Y siempre ha sido así. Un baile oscilante entre la necesidad de encontrar la palabra, y el miedo a hallarla. En lo profesional, y en lo personal. Porque al final nunca se da lo uno sin lo otro, ni lo otro sin el uno.
Influenciados por la cultura, la tradición de la nomenclatura, crecemos -en todas nuestras esferas- elaborando un mapa mental, una base de datos obsesivamente revisable de nombres. Escribiendo un diccionario casi infinito de denominaciones para mencionar la realidad.
Escribiendo un diccionario casi infinito de denominaciones para mencionar la realidad.
Como si de algún modo la posibilidad de encerrar en un puñado de letras las cosas las hiciera de por sí más inteligibles. Atrapando el universo de su significado en un par o tres de sílabas, que a fuerza de repetirlas lo volviera comprensible. Lo que se puede nombrar existe. Lo convierto en tangible. Y si es tangible lo puedo conocer. Y si lo puedo conocer lo puedo llegar a entender. Y si lo puedo entender lo puedo llegar a… ¿prever, controlar, gobernar, dirigir, dominar? Y entramos en esa espiral sin fin, en la que nos autoconvencemos individual y socialmente de que es así.
Y empezamos a establecer etiquetas. Que sí, facilitan el orden mental, ayudan a clasificar, priorizar, organizar, coordinar las ‘cosas’ (…el vasto universo de las cosas!) Que sin duda también, posibilitan, o al menos optimizan la comunicación, y después la interacción (con esas ‘cosas’, todas las cosas, y entre nosotros)
Y sí, parte de mi formación – esa que nunca acaba- la he construido elaborando y ampliando las páginas de ese diccionario. Y buena parte también de mi desarrollo personal, como individuo, de mi crecimiento emocional y cultural, político, colectivo; social.
Pero ese duelo del que hablaba se mantenía y se mantiene. Quizás cada vez más. Porque la misma necesidad de decir, de citar, de denominar las situaciones, los objetos, los sentimientos, las emociones, las enfermedades, las conductas, convive con el requisito de abrir las vallas, de eliminar los muros que los limiten. De laxar las posibilidades. Y hasta las frecuencias. De que quepan todas las variantes de lo mismo, que son tan distintas.
Yo, que he hecho de la palabra (casi) mi modo de vida, me debato en ese conflicto constante. Me sirvo de ellas para explicarme. Para expresarme. Y huyo de ellas, de algunas, para liberarme
Sí, son distintas las emociones, las situaciones, las conductas, los síntomas… y las personas que las subyacen. Y las etiquetas, por más que abramos una lista infinita de acepciones después de los dos puntos, al final siempre limitan. Presuponen. Prejuzgan.
Yo, que he hecho de la palabra (casi) mi modo de vida, me debato en ese conflicto constante. Me sirvo de ellas para explicarme. Para expresarme. Y huyo de ellas, de algunas, para liberarme. Para seguir en una búsqueda sin fin hacia delante. De motivos. De ilusiones, de retos, de significados y sentidos. De razones.
¿Te imaginas cambiar el uso y la funcionalidad, la utilidad o el valor de las cosas porque se llamaran distinto? ¿Tu mesa seguiría siendo tu mesa si se llamara colpio? ¿A caso cambian las cosas cuando las referimos de nuevo con otro ‘título’? ¿Es otra la realidad con otro nombre… ?, ¿ y tus libros, y tus manos, y tu amigo…? ¿Tú sigues siendo tú cuando te llaman Fran, Paco o Francisco? ¿ y la chica que trabaja en la mesa del al lado sería distinta si supieras que suscribe su nombre una neurosis y no solo dos apellidos? ¿Y ese niño que ves todos los días jugando en el parque es igual que hoy si mañana te dicen que tiene autismo? ¿tus sentimientos mudarían de nido si en vez de llamarlos amistad le pones nombre y apellidos? ¿Y si en vez de fibromialgia se llamara esclerosis mi dolor, sería distinto?…
Grela Bravo
Psicóloga y escritora española
articulartemail@gmail.com



