Santiago lleva las lunas a donde vaya, por lo general las lleva menguantes o nuevas, o lo que es lo mismo, invisibles.
Luna menguante
Una tarde, mientras elaboraba un informe de prensa, el azulito de una de las ventanas del chat de Facebook resplandecía sin cesar. Clic. Santi hola, necesito un favorzote, se desplegaba la frase en la parte baja del monitor bajo el nombre de una mujer. La chica que solicitaba ayuda sólo había conversado dos veces con él, ambas por la red, nunca se habían visto en persona pero se conocían al detalle de tanto fisgonear sus fotos en la red social del antisocial Zuckerberg. Mientras él la ayudaba de manera remota a instalar un antivirus gratuito en la portátil de Sandra, una conexión subcutánea se traducía en ansiedad en ambos lados de la charla.
Bueno Sandra, este favor te va a costar caro. Gracias Santi, ok ok, ¿cómo hago para pagarte? El jueves vamos a por un café al Capriccio, ya me aburrí del Starbucks, allí cerramos la deuda. Hecho, Santi.
Jueves era el día siguiente y Sandra no se había percatado, cuando entró en razón ya estaban instalados en el Real Plaza y le contaba su vida de publicista freelance con trabajos para reconocidas marcas nacionales con sede en Lima. Su cabello ondeado yacía vivaz y contrastaba con la extraña opacidad de un cheesecake de maracuyá. Santiago bebía un café con leche, hábitoherencia de sus años en Barcelona, siempre para el break, un café con leche, dos sobres de azúcar y un croissant con relleno de chocolate y chispitas de cacao. Pero en esa ciudad sin paz no hay croissants, ni chispitas de cacao, ni bares campechanos, ni paz en esa ciudad sin paz.

Sandra hacía pocos gestos, su rostro era observador, por momentos inquisidor, por momentos salado. Contó sobre su maldito amor en Argentina y el rubio al que dejó en Piura por vivir lejos. No creo en el amor de lejos, Santiago, y él no sabía si esa idea era una propuesta decente por proximidad geográfica. Yo estoy cerca, pensaba, estoy delante de ella ¿Me está tirando los tejos? Él le sonreía con la firmeza de un flan al viento mientras su nariz se enamoraba del perfume Calvin Klein que ella se había rociado una hora antes por el cuello y detrás de los oídos.
Luego fueron al Chili’s y allí el color de la noche se hizo más sensual. Bebieron dos piscos sour y un mojito para matizar, fueron tragos violentos, desenfadados, las risas comenzaron a cruzar la mesa de lado a lado, los temas de conversación iban de light a utralight. Esa chispa que da el alcohol mesurado ya brillaba en sus ojos y prendía el morbo de Santiago. Algo me dice que un bicho se va a trepar a tu cama por la noche. Júralo Santi, pues lo mato y se acabó, sentenció Sandra antesde soltar una carcajada. Él llamó a la mesera pero ella pidió que la cuenta la paguen a medias, así fue. Salieron zigzagueando por la acera y rumbo a la salida se burlaron de una imagen de Cristiano Ronaldo en un panel de Adidas. Nunca he visto a Miss Portugal salir a un campo de fútbol sin rizarse las pestañas, Sandra sonrió, se acercó al anuncio y acarició el cabello de aspecto pegajoso del divo lusitano. Santiago hizo un gesto de asco y avanzó unos pasos más rápido, Sandra apretó el paso y se trepó a la espalda de su compañero de piscos y mojitos.
Al llegar al depa de Sandra, la compostura guardada en el taxi se quedó en el asiento de atrás. Santiago se bajó y se situó rápidamente en la reja esperando que llegue Sandra, ella lo miró, sacó la llave y abrió la puerta con él detrás.
Subieron hasta el segundo piso y entraron al lugar, él la empotró en la pared para besarla sin tregua, ella soltó las llaves y se dejó acariciar el rostro, luego la espalda, luego las caderas y finalmente los pechos. En ese instante supo que el bicho de Santiago era imposible de matar esa noche, no se lo iba a quitar de encima ni con insecticida, tampoco quería quitárselo. Una noche qué más da.
El amor duró una hora y media, con previos y posteriores incluidos, él no se quedó a dormir, ella tampoco se lo pidió, lo cual sorprendió a Santiago. Ya todo se había terminado, cuando él pensaba que sólo era el inicio de un mutuo coqueteo, de una hilera de salidas a bares y cines. La margarita ya se había marchitado sin siquiera nacer.
La llamó por teléfono un mes completito, con sus sábados y domingos, Sandra nunca respondió ni nunca más quiso ver a Santiago. Tres meses después ella anunciaba, en su muro de Facebook obviamente, la llegada a su vida de un amor tierno, inocente, pleno de rosa y pastel. El complemento perfecto para una mujer que vivía más tiempo pegada al auricular del smartphone que atenta a una charla con su interlocutor. Santiago cerró la sesión de Facebook y puso la tele en su serie favorita para no verla y pensar en qué falló esa noche, tres meses atrás.
Continuará…
Valery Bazán
Periodista



