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Para darle sentido a este relato, debo aclarar que nunca he sido muy aficionada a los deportes, en especial al fútbol. Es más, hasta hace unos años lo detestaba. Esta animadversión se relacionaba con la adicción de mi padre a él. El fútbol era mi eterno contrincante en la lucha por su atención. Incluso, desde muy pequeña decidí convertirme en aliancista ¡sólo por rebeldía! A ésto puedo agregar que el desempeño de nuestro equipo nacional de fútbol no ha colaborado mucho con la causa de papá. En fin.

Seis meses después de mi llegada a Barcelona y en plena crisis, conseguí un trabajo en una frutería pituca, o como dirían en esta ciudad catalana, “pija”, estaba a unos cuantos minutos a pie de Lesseps, mi bastante menos «pijo” barrio. Recuerdo que era mi mes de prueba y trabajaba con Esteban, un dominicano extremadamente simpático a quien creo que aún puedo llamar amigo. Tenía este acento alegre que muchas veces me costaba entender con claridad, y un rico color de piel, entre madera y miel, que yo envidiaba en secreto. El “morenito” nunca hizo el más mínimo intento de seducirme convirtiéndose en la excepción a mi regla de los dominicanos, al menos de los que había conocido. ¡Espabila Claudia, a la historia! Me decía al inicio de cada jornada de trabajo.

Ah sí. Cubríamos el turno de la tarde juntos, un día normal. Alrededor de las 9 de la noche ya habíamos guardado todo el género en la cámara frigorífica. Yo terminaba la limpieza mientras Esteban cuadraba la caja, todo al ritmo de bachata. Nos abrigamos, porque ya empezaba a refrescar para entonces, y salimos. Mientras el “morenito” buscaba las llaves alguien llegó por detrás y dijo: ¿Ya cerraron? Es que necesito limones, es urgente. ¿Podrían por favor vendérmelos?  Justo ahora los quiere… Creo que conozco a este chico. Piensa, piensa, dónde lo has visto. ¿En la tele? Sí, pero dónde exactamente. ¿Es por eso que hay tanta gente con él, o mejor dicho, detrás de él?

Esteban me miró como esperando una reacción. Entonces asentí con la cabeza. Mi cerebro funcionaba a mil por hora. Definitivamente no era guapo, no tenía pinta de actor ni de cantante. Y que cabello tan ensortijado. ¡Me rindo! El trueque comercial se terminó y el misterioso personaje partió con sus limones y con su séquito.

Tímidamente lancé la pregunta: ¿quién era ése, Esteban? Él soltó una risotada que me hizo sonrojar y dijo: ¡Ay hija del diablo!, ¿pero cuánto tiempo ya tas tú viviendo acá? Ese man es el capitán del Futbol Club Barcelona, Carles Puyol. Entonces hice un gesto para convencerlo de que entendía la magnitud de mi pecado. Esa misma noche llamé a casa y basta decir que hasta el día de hoy le sigo debiendo a mi padre una foto o un autógrafo de uno de sus jugadores preferidos de la Liga Española.

Sí señores, aunque suene evidente, el Fútbol Club Barcelona es sagrado por estos lares. Y si llegan por aquí, espero que sean mejores que yo en identificar a estos héroes nacionales. Háganse un tiempo para visitar las “botigas blaugranas” y de paso vayan al Camp Nou, al que en mis más de tres años como residente de Barcelona, no he tenido la oportunidad de conocer.

Por mi parte, ahora veo uno que otro partido de fútbol que puedo comentar con mi padre. No soy culé pero mudé mi blanquiazul a un neroazzurro, aunque esa es otra historia.