Los nombres que damos a los países, los continentes, los pueblos e incluso a muchas ciudades no son inocentes, y la elección de los mismos responde tanto a causas históricas como culturales, sociales y a menudo políticas. En América, los nombres que ha recibido tanto el conjunto del continente como determinados Estados o grupos de países han sido distintos en función del momento histórico y de la relación de fuerzas de los distintos poderes que han ejercido su influencia, su dominio o su jurisdicción sobre estas tierras.

Antes de que América fuera descubierta ante los europeos como un continente nuevo y distinto frente al resto de masas terrestres emergidas, esta, obviamente, ya existía, aunque nadie la hubiera designado con un nombre específico. Estaba además poblada por numerosos pueblos y tribus, en unas zonas más densamente que en otras, aunque el nivel de poblamiento era, en el conjunto del continente, muy débil. Pese a las teorías “idealizantes” que han puesto de moda ciertas corrientes de pensamiento desde hace relativamente hace pocos años –el llamado “indigenismo”, promovido principalmente por Estados Unidos, para romper la unidad social de los hispanoamericanos-, lo cierto es que los pueblos indígenas de América en la época precolombina no tenían ningún tipo de unidad política, cultural, lingüística o institucional. Además, hubo sometimiento y dominio de algunos pocos pueblos -tómese el ejemplo del imperio inca, entre varios otros- sobre otros pueblos circundantes, y está totalmente documentado históricamente que las luchas, odios, rivalidades y enfrentamientos entre muchos de dichos pueblos fue precisamente uno de los factores que permitieron a España conquistar el continente, pues aunque la superioridad tecnológica, marítima, legislativa, agraria, etc., europea era evidente, lo cierto es que sin la colaboración de numerosos pueblos autóctonos no se hubiera podido dominar todo un continente con sólo unos pocos hombres y con los medios logísticos, militares y de transporte de la época, a pesar de la evidente potencia militar que mostraron España, Portugal y posteriormente otras grandes potencias europeas, principalmente Inglaterra.
Los nombres que damos a los países, los continentes, los pueblos e incluso a muchas ciudades no son inocentes, y la elección de los mismos responde tanto a causas históricas como culturales, sociales y a menudo políticas.
Como tantas veces en la historia, el primer nombre que se dio al continente es fruto de un error, y así es como, prácticamente durante los tres siglos unidad política durante la corona española (XVI, XVII y XVIII) se conoció a esta parte del mundo como “las Indias” o simplemente “Indias” (en textos antiguos escrito a veces como “Yndias”), simplemente porque en la época se creyó que, no existiendo ningún nuevo continente por descubrir, si se atravesaba el océano en dirección oeste, necesariamente debería llegarse al Asia, a la India. Cuando, posteriormente, el error se hizo evidente, se le pasó a denominar “Indias Occidentales” (escrito a veces como “Yndias Ocidentales”), para diferenciarla, claro está, de las “orientales”, es decir, la verdadera India. Todavía hoy se utiliza en algunas lenguas esta denominación, como cuando en inglés se refieren a las pequeñas Antillas (las llamadas “islas de Barlovento” e “islas de Sotavento”) como “West Indies”: los micro-Estados y dependencias del Caribe situados aproximadamente entre Puerto Rico y las costas caribeñas de Venezuela y Colombia.
A los habitantes de las Indias se les denominaba “indianos”, que no tiene necesariamente que ver con “indígena” o “amerindio”. A estos se les denominaba “indios” (y se les sigue denominando así), y por lo tanto también eran indianos. Pero igualmente eran indianos los españoles que vivían en América, por lo que el término “indiano” viene a ser equivalente a lo que posteriormente se denominará “americano”, es decir, habitante de América. Este último término, América (que tiene su origen en el nombre de Amerigo Vespucci, el navegante florentino que sugirió que las tierras indianas eran en realidad un nuevo continente), empezó a utilizarse en el siglo XVIII y a convivir con la denominación de “Indias”. Esta fue la preferida en España, incluso después de que en Europa, al parecer, se empezara a dar preferencia a ese término y este acabara imponiéndose, incluso en la propia España. A este respecto, hay que hacer una importante aclaración, que aún hoy día causa frecuente confusión, sobre todo entre las generaciones más jóvenes o aquellos que son poco conocedores de la historia de América. Cuando en los siglos XVIII y gran parte del XIX se hablaba de “América”, siempre se daba por hecho que se trataba de la América española, pues fue España la que conquistó y dio unidad cultural, político-administrativa, lingüística, jurídica, etc., a la parte mayor de este continente.
A los habitantes de las Indias se les denominaba “indianos”, que no tiene necesariamente que ver con “indígena” o “amerindio”. A estos se les denominaba “indios”… y por lo tanto también eran indianos.
La ocupación de América del Norte por parte de Inglaterra se produce en una época más tardía, y todavía a principios del siglo XIX, los Estados Unidos eran un país relativamente pequeño, formado por una estrecha franja de tierra pegada al Atlántico, poblada en su mayoría por granjeros con un estilo de vida más bien modesto, por no decir pobre, y bastante más “atrasada” que la América española cultural, militar y económicamente. En cuanto al Brasil (o América portuguesa), este, en sus inicios, no fue más que una estrecha franja de tierra en la costa atlántica de América del Sur, que, con el transcurso de los años y gracias a la habilidad diplomática de los portugueses, se fue ampliando hacia el oeste sobrepasando los límites del Tratado de Tordesillas, primero (1494) y del Tratado de Madrid después (1750). Si miramos a un mapa del mundo del siglo XVIII, observaremos dos hechos sobresalientes: uno, que la mayor parte del globo no existía políticamente organizada como Estados, y, los pocos Estados que existían eran por lo general pequeños y en muchas zonas se daba una gran fragmentación territorial. Con dos gigantescas excepciones: Rusia y España (gracias a su parte americana). Era evidente, por tanto, que hasta bien entrado el siglo XIX, “América” era, por definición, la América española, ¿qué otra América podía ser si no, cuando esta ocupaba la inmensa mayor parte de las tierras colonizadas en el Nuevo Mundo?
Esto cambiará a raíz de la separación de América y España, conocida también como independencias hispanoamericanas. Mientras que la América anglosajona (Estados Unidos) se mantuvo unida para hacerse fuerte frente a la poderosísima Inglaterra, y mientras la América portuguesa (Brasil) también se mantuvo unida tras su independencia, por el contrario la América española (Hispanoamérica), se dividió y fraccionó en diversos Estados que, pequeños en comparación con los dos gigantes que acabaron apareciendo en el continente (Estados Unidos y Brasil), y despoblados en comparación con las poderosas potencias europeas, desde entonces hasta el día de hoy, han sufrido todos los males de esta triste fragmentación: debilidad, inestabilidad, dependencia, sometimiento a potencias extranjeras (Inglaterra, Estados Unidos, Unión Soviética, Japón, China e incluso Brasil). Hasta tal punto es esto así, que la división política actual de Hispanoamérica es producto casi directo del imperialismo anglo-estadounidense, y en menor medida, brasileño, que obviamente han querido mantener esta situación de extrema división, para poder ejercer mejor su dominio y control de Hispanoamérica.
José Ramón Bravo
Jurista y escritor español
www.hispanoamericaunida.com
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