
Nunca sentí el temido pavor frente a la hoja en blanco, creo que la hoja en blanco es perfecta, no tiene errores, reúne y refleja a todos los colores y refracta la pureza del silencio en un recuadro bidimensional, éso en mi hoja de Word, claro está. En la vida real es que ya casi no escribo nada sobre un papel en blanco, pero tampoco temía su plana mirada, mis razones para escribir nacían del amor, pasaban por el querer vivir de escribir y desembocaban en el desamor.
He escrito las cartas más cursis y obsesionadas del puente aéreo Trujillo-Barcelona, que no existe pero me lo acabo de inventar, un sutil péndulo aparte se merece el ramillete de misivas que cayeron en Lima y Madrid con emisarios postales en bicicleta y en épocas inmemoriales. Puede que exista alguien que se emocione más al recibir un email que una carta, pero nada se compara a esa leal sensación de la tinta fiel del sincero boli con el que te escribieron ese papel que, en ocasiones, encierra mentiras transparentes y directas o, simplemente, lindas palabras que más que leer anhelarías escuchar allí en tu oreja.
Dice un cantante de voz de pacotilla al que idolatro que “nada duele más que convertirme en un lejano recuerdo”, lo curioso es que antes de nacer nuestros padres ya nos tienen como un recuerdo imaginado y nos llevan en su cabeza a todos lados. Un perfume, un lugar, un sabor, nos hacen recordar ese instante de la felicidad sublime, ese pinchazo letal del “ya no te amo”. Los abrazos de ella pueden llegar a ser estampidas en el inconsciente y pueden lograr ridiculizarlo hasta convertir la aparentemente lejana nostalgia en un mudo testigo de nuestro presente.
He llegado a pensar que el recuerdo es el práctico escape de un presente que nunca está a la altura de nosotros, la memoria es una dantesca caja fuerte cuya llave regalamos a quien deseamos elogiar, sin piedad, sin consideración a nosotros mismos. Esperamos que selectos miembros de El Club de la Verdad mantengan de manera solemne El Silencio de los Cuervos, no es fácil ser cauto y reservado en el reino del morbo y en el condado del chisme en el que se ha convertido este planeta con escasos #antirayosUVA.
Por mi casa hay una mujer esquizofrénica, lo es desde que yo era niño, quizás desde antes, mi memoria ha bloqueado mis recuerdo de la niñez, salvo unos pocos que se preservan para recordarme de la que me salvé… pero en esos jirones de la conciencia nunca vi a esa mujer vestida de manera occidental, siempre se arropó con andrajos, siempre fue esa loca de la casa blanca de adobes. Su maraña de recuerdos debe ser descomunal, sobre todo si ella no puede controlarlos y atraviesan su mirada de manera caprichosa, a veces absurda.
«He llegado a pensar que el recuerdo es el práctico escape de un presente que nunca está a la altura de nosotros…»
El recuerdo es la victoria del inconsciente, es también la victoria de nosotros mismos, pero también la victoria de ella, porque siempre hay una “Ella” en toda historia, da igual cómo te llames, da igual de qué género seas, siempre la habrá.
Siempre la tuve, la acabo de tener, la tendré, porque siempre tendrá el mismo nombre y eso llena mi nostalgia de ser. Victoria con abril.
Quien suscribe reivindica la belleza de la brisa del recuerdo, ese fantasma con forma vaporosa que nos encoge y nos agranda a su gusto, porque hay memorias que nunca avisan al llegar, no puedes tapiar las puertas ni las ventanas, porque lo traspasa todo, atraviesa el rencor que usaste como protección. Da igual un chaleco antibesos o una armadura antiabrazos, es lo mismo, siempre te aturde, siempre.
Usaré a Oscar Wilde para deformar lo que dijo: La mejor manera de sucumbir a un recuerdo feroz o tierno es caer en él y cerrar los ojos, como cuando terminas de hacer el amor… o la guerra.
Valery Bazán



