Sebastián Piñeira (Foto: Intereconomía)

La distancia más corta entre dos puntos contrarios es la línea recta, dice el adagio matemático más elemental; sin embargo, en términos políticos, la distancia más corta entre un NO rotundo y un SÍ insidioso es el Presidente Chileno, Sebastián Piñeira. A comienzo de la semana que se va, en el trámite de la reunión de la Comunidad de países Latinoamericanos y del Caribe (CLAEC), pareció entendible que Bolivia insistiera entre amigos en su inveterada necesidad de salir al mar. Pero nadie imaginó el vaivén posterior.

Que el anfitrión chileno, en otras ocasiones histriónico, le espetara a su par el NO rotundo que le profirió como el usado cuando lo del diferendo con Perú, hoy en la Haya. Fue la misma sensación que cuando Juan Carlos de España le gritó majaderamente al mandatario venezolano el tristemente célebre “por qué no te callas”, imperial. Lo cierto es que el asunto de las fronteras pareciera no sólo ser una cuestión geopolítica y cultural sino incluso animal. Todos conocemos de las investigaciones etológicas de Lorenz y otros sobre la cuestión eco-biológica disposicional respecto de la cuestión de la territorialidad, básica para la sobrevivencia de cualquier forma de organización comunitaria.

«…la distancia más corta entre un NO rotundo y un SÍ insidioso es el Presidente Chileno, Salvador Piñeira.»

De ello resulta además que el territorio se asocia a la cuestión básica de la propiedad entitativa y de la identidad etnológica, objeto de demandas y disputas resultantes de una pugna por expansión y resistencia con desenlace, en el llamado “Estado de Naturaleza”, en la dimensión infausta de las guerras, unas injustas y las otras justas, porque no es lo mismo defenderse que atacar.

Así, pues, contra el argumento de la violencia los nacientes Estados Modernos devinieron en la creación de una cultura del diálogo, del convenio y la diplomacia, para relacionarse bien con los vecinos, a pesar de los conflictos. Ese fue el origen del Derecho Internacional, en un inicio entre personas naturales, a tenor de la distancia entre los Derechos de Civil y de Gentes. Derivan de ello las alianzas entre clanes, tribus, aldeas y naciones de la antigüedad y/o su eventual solución merced a intercambios estratégicos y matrimonios tacticos.

La modernidad comercial condujo a la aplicación de la “recta razón” estoica como práctica entre Estados, es decir, al acuerdo  vinculante entre Estados suscriptores, lo que es el Derecho Internacional Público, de larga y accidentada data. A esta nueva racionalidad convergieron las estelas de Hugo Groccio con su Del Derecho de la Guerra y de la Paz, Kant con su libro Sobre la Paz Perpetua, de 1795, acerca de cómo el Derecho Público logra armonizar lo político con lo moral. Antes estuvieron el Abad de Saint Pierre, con motivo de la Guerra de Sucesión de España, y William Penn, y luego Henri de Saint Simon y Jean Monet.

Los griegos decían que parlar no mata, siendo que se puede hablar de todo para pasar dialécticamente de un desacuerdo  a un acuerdo o a un consenso. Los procedimientos del Derecho Internacional proveen de los mecanismos de efectividad necesarios para generar bases plausibles para la concordia. Sin importar el número de veces que la falta de prudencia en el trato protocolar desencadenó en guerra, sigue habiendo una distancia insondable entre la razón de la fuerza y la fuerza de la razón.

La utopía humanista y moderna apela a una aproximación dialogante, reeditada por Habermas, al parecer olvidada por el Presidente Piñeira. Su actitud es contraria al tacto diplomático, y el chauvinismo sureño se expresa mejor en: “con la razón o sin ella”, del más puro estilo xenófobo.

Contra esto, es válido perseverar en la utopía de un mundo sin fronteras y sin expansionistas, sin guerras de agresión imperiales y guerras de resistencia y liberación. Un mundo sin armas, sin ejércitos y sin armamentismo; un mundo de fábricas que en vez de armas produzcan instrumentos de trabajo. Un mundo sin tuyo y mío, sin desigualdades y abusos monstruosos; un mundo sin depredación y sin degradación. Un mundo de dignidad ontológica para todos.

Sebastián Piñeira (Foto: Intereconomía)