
No todas las personas somos iguales.
¡Que afirmación tan obvia y vacía! ¿No todas quiere decir que algunas somos iguales a algunas otras?
Los individuos somos tan parecidos unos a otros que nos pasamos la vida, o buena parte de ella, reafirmando nuestras diferencias. Para poder delimitar casi con compás nuestra identidad del resto de los mortales que nos rodean. Y lo poco que nos ha quedado de esa vida empeñada en ello, lo gastamos intentando parecernos a un grupo, para sentirnos pertenecientes a algo más grande que nos acoja y nos identifique, sin alienarnos.
Pero ¡Qué complicados somos!
El autoconcepto es algo que se desarrolla temprano en cada sujeto, pero sin embargo se va modelando y ‘completando’ el resto de su vida. Está en constante cambio, ¡y riesgo! Es un proceso complejo que depende de todas las partes. De todos los inputs que uno recibe del entorno que le circunscribe, inmediato y extenso. Familiares, amigos, conocidos, compañeros… experiencias, aprendizajes, ensayo y error, etc. Aunque no todo ejerce el mismo peso en su configuración, si es el resultado de una complicada mezcla de todo ello.
«Y lo poco que nos ha quedado de esa vida… lo gastamos intentando parecernos a un grupo, para sentirnos pertenecientes a algo más grande que nos acoja y nos identifique, sin alienarnos.»
Pero no se genera de manera aislada, por sí sólo. Tiene sentido precisamente en un devenir bidireccional, de unos con otros. Esos mismos que están dibujando la imagen que yo tenga más tarde de mi mismo, son a los que yo influyo en su propio autoconcepto. En el mismo espacio tiempo de nuestra interacción y relaciones, nos afectamos mutuamente. Aunque no siempre en un equilibrio de fuerzas idéntico.
Sin embargo, culturalmente arrastramos cierta ideación de que nuestra personalidad es algo inmutable, que siempre estuvo ahí, y no sólo eso, sino que siempre fuimos conscientes de toda su dimensionalidad, como una especie de fórmula secreta que sólo nosotros conocemos. Este pensamiento algo mágico e infantil, en parte heredado por aprendido, y en parte retroalimentado, se debe en cierto modo a la imperiosa necesidad de control sobre nuestras vidas que creemos o queremos tener. Empezando por nosotros mismos. A pesar de que dista mucho de la realidad.
La personalidad está viva, cuanto más voluble, mayor capacidad de adaptación y supervivencia social y emocional tendremos. Sin embargo muchos de los conflictos internos se dan en este rango, donde mantenemos una lucha constante por permanecer inmutables , bajo la premisa de valores desvirtuados como; integridad, moral, templanza, estabilidad, autenticidad…y un largo etcétera. Una visión muy conservadora antropológicamente hablando del individuo y su compleja totalidad.
De ahí que cuando nuestra autoimagen se ve cuestionada por la entrada de nuevos inputs, o feedbacks, que la modifican, sentimos tambalear nuestros cimientos. En una crisis de identidad infundada, por arraigada precisamente en esos principios erróneos de lo que «somos».
«¡Cuánto sufrimiento nos ahorraríamos si aceptáramos de buen inicio que nuestra esencia está en constante movimiento! Que se destruye y se reconstruye. Que crece y evoluciona…»
¡Cuánto sufrimiento nos ahorraríamos si aceptáramos de buen inicio que nuestra esencia está en constante movimiento! Que se destruye y se reconstruye. Que crece y evoluciona. En definitiva, que cambia constantemente. Sin que eso amenace nuestro ‘Yo’ más interno.
Aceptar eso nos libera de muchos prejuicios. De muchas acciones inhibidas y coartadas, de mucha represión. Y a la vez nos acerca a todo el mundo, desde otra perspectiva. Pues te posiciona frente al ‘otro’ en calidad de dar y recibir. De intercambio y cooperación. De enseñar y aprender. De mostrar a la par que eres observador. Un enriquecimiento mutuo. Del que sólo puede resultar una apertura muy saludable y recomendable.
No es una frase hecha decir que todo el mundo nos aporta algo. Es una realidad tangible. Incuestionable. A mayor apertura al entorno, al ‘otro’, mayor capacidad de evolución, de autocrítica, de crecimiento, de adaptación, de supervivencia (ya lo he dicho) y por lo tanto mayor capacidad de aproximación a la felicidad.
Permitir que el otro nos afecte, sin temor, sin pudor, sin complejo, es un ejercicio muy sano de desarrollo y aprendizaje. En este juego el tablero está lleno de espejos.
¡Asomémonos los unos en los otros sin miedo!
Grela Bravo
Psicóloga y escritora española
articulartemail@gmail.com


