La percepción del tiempo es tan relativa como subjetiva nuestra manera de disponernos ante él. De nuestra ordenación lineal del mismo, nacen un gran número de actitudes. Entendidas como predisposiciones de nuestra conducta, para la consecución de determinados logros, que podríamos considerar finalistas en nuestra condición humana y social.

Éstos son las relaciones sociales, afectivas, el desarrollo -y evolución constante- de nuestros deseos, anhelos, objetivos, ambiciones o sueños. Es decir, establecemos una relación directa entre el paso del tiempo y la realización de nuestras aspiraciones. Le concedemos de alguna manera el valor ‘todopoderoso’, con cierto pensamiento mágico, de que el simple hecho de que avance -el tiempo- nos acercará más a nuestras metas. Ya sean materiales, físicas, emocionales, o espirituales.

Y a esta disposición frente a la relación tiempo-objetivo podríamos llamarla expectativa. Desde el punto de vista psicológico.

La expectativa es una variable de tipo cognitiva que sugiere la idea de anticipación, y que resulta imprescindible tener en cuenta para explicar y predecir un comportamiento o dinámica social y hasta el motivo de nuestros estados de ánimos. Es la posibilidad razonable, más o menos cercana o probable, de realizar o conseguir algo, al ocurrir un suceso que se prevé. Es el proceso de anticipación psicológica más poderoso, y de mayor impacto en nuestra conducta. Capaz de condicionarla, en ocasiones incluso modificarla por completo, respecto a su naturaleza inicial.

Culturalmente estamos inmersos en una generación constante de expectativas excesivamente irreales, es decir de falsas expectativas.

En psicología, la expectativa suele estar asociada a la posibilidad razonable de que algo suceda. Para que sea expectativa tiene que haber, en general, algo que la sustente (de lo contrario sería una simple esperanza que puede ser irracional o basarse en un acto fe). La expectativa surge en casos de incertidumbre cuando aún no está confirmado lo que ocurrirá.

Si la expectativa no se cumple, el sujeto experimenta decepción. Y la distancia entre una y otra, es la que puede determinará nuestra capacidad de tolerancia a la frustración, nuestro potencial de afrontamiento, de superación -y autosuperación-, de aceptación de la realidad… etc. Cuanta mayor sea la distancia entre la expectativa generada y el resultado real, mayor el sentimiento de decepción, y proporcionalmente a éste el sentimiento de sufrimiento y/o de angustia.

Culturalmente estamos inmersos en una generación constante de expectativas excesivamente irreales, es decir de falsas expectativas. Lo cual provoca mayor cantidad de decepciones y frustraciones frente a la realidad. Se alimentan expectativas de poder, aspiracionales, (de alcanzar una posición social y económica determinadas) de modelo familiar, afectivo y hasta de prototipos de apariencia física. Cuanto más inalcanzables, más alargamos la proyección de nuestras expectativas en el tiempo. Y mayor también el golpe de la caída.

Fotografía: «Posibilidades», por Grela Bravo.

Aunque hasta cierto punto la ideación de expectativas puede resultar un factor de motivación y estímulo, que el margen de éstas se aleje de la realidad en exceso, genreará sentimientos negativos en el sujeto (pena, tristeza, frustración, desilusión, desmotivación, depresión…) que pueden provocar indefensión aprendida, falta de autoestima, inseguridad, y un lamentable etcétera de consecuencias que en definitiva harán al individuo más vulnerable y frágil frente al entorno. Y así su relación con éste, de ahí en adelante.

Tanto a nivel particular, como social, debemos manejar los límites de la generación de expectativas, por ejemplo en la educación de los hijos, que más tarde será la transmisión de valores en los jóvenes, y finalmente las relaciones, cooperaciones y asociaciones colectivas entre individuos en la sociedad adulta.

Establecer la delimitación necesaria y precisa entre estimular, motivar, incentivar, incluso inducir el valor aspiracional, a la generación de idealizaciones, ideaciones alejadas de las posibilidades, negación de la realidad y en definitiva de expectativas inalcanzables.

Quizás mantener ese difícil equilibrio es la mayor garantía de salud emocional y psicológica, en los individuos, en los grupos, y por lo tanto en la sociedad.

 

Grela Bravo

Psicóloga y escritora española

articulartemail@gmail.com

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