Mi muy apreciado lector de esta bitácora. He reflexionado en demasía en cómo dirigirme a usted para ofrecerle de la manera más humilde y honesta, el poder compartir todos esos colosales sentimientos que me provocan los dulces sones de la música clásica. Sin embargo hay muchas barreras que se interponen entre nosotros, muchas de ellas creadas por algunos prejuicios que no resistirán el menor análisis o revisión, si está usted dispuesto a experimentar emociones sin límite y un éxtasis espiritual como nunca se podría imaginar. Pero ante esto surgen las primeras interrogantes. ¿Por qué escribir una apología de la música clásica? ¿Por qué hablar de sus méritos, de su importancia para humanidad? ¿No será acaso una redundante pérdida de tiempo escribir uno de los miles de cursos de apreciación musical que ya existen en papel y en la red?

Tal vez sea, en consecuencia, muy pretencioso de mi parte decirle a usted qué apreciar, y qué no apreciar. Sus gustos y preferencias son absolutamente respetables, son el resultado de su interacción personal con el mundo y con las culturas contiguas a su persona. Quien sabe yo no tengo el más mínimo derecho de enseñarle a usted nada, por eso le propongo compartir no un aprecio por la música clásica, sino una necesidad por ella. El ser humano tiene diferentes necesidades, pero una de las más importantes es la búsqueda de emociones. Las emociones que nos ayudan a escapar de la rutina y del rigor cotidiano. Es cierto que existe ahora una gran oferta de emociones, y un gran mercado asociado a ellas. Y es entonces donde nos topamos con el primer gran prejuicio sobre la música clásica: que solo aporta paz, serenidad y relajamiento. Se le asigna a este género musical la singular, exclusiva y única virtud de darnos paz y tranquilidad. ¿Pero realmente es la sensación de calma, paz y tranquilidad la única que buscamos en esta vida? ¿Será que solo necesitamos estar en un ánimo angelical, de calma y quietud interminables? ¿Acaso no buscamos sensaciones más fuertes, más intensas, más estimulantes?

Se le asigna a este género musical la singular, exclusiva y única virtud de darnos paz y tranquilidad. ¿Pero realmente es la sensación de calma, paz y tranquilidad la única que buscamos en esta vida?

Pues bien, estimado lector, la música clásica es capaz de proporcionarle todas estas sensaciones y muchas más. Las personas que escribieron estos sones conmovedores también sufrieron penas, insultos, humillaciones, perdieron seres amados, bienes, prestigio y amistades. Fueron ovacionados en un momento y vilipendiados en otro. Conocieron la cima y la ciénaga, y en su música podemos encontrar el reflejo de sus ánimos. Somos sumamente afortunados que ellos supieron canalizar este sentir en sones que logran perdurar en el tiempo. El segundo prejuicio que tal vez tenga que superar para llenar su alma de las emociones más extremas por medio de la música clásica, es la clase de sonidos que emplea. Los instrumentos con cuyos sones tendrá que familiarizarse son virtualmente ajenos a la música contemporánea.  Quien sabe usted pueda distinguir sin la mayor dificultad el son de un violín o una trompeta. Pero el casi humano timbre del clarinete, el ardoroso y cálido tono del oboe, el grave y misterioso vibrar del fagot serán totalmente ajenos a usted, no por mucho tiempo…
Y este es el último gran prejuicio y barrera que se interpone entre usted y el colosal zenith que le espera: la música clásica es al final, un placer de élites seleccionadas o foráneas, con las que usted casi nada tiene en común. Que para amarla hay que comprenderla, y comprenderla cuesta mucho.

Posiblemente esto no sea un prejuicio, porque de hecho saber más sobre las formas musicales, su periodo y estilo, y sobre todo saber sobre las personas que las han compuesto, y las circunstancias relacionadas con su creación añaden un valor enorme a la hora de apreciar la música clásica. Pero como le dije al comienzo, yo no soy nadie para enseñarle a usted a apreciar algo. El aprecio tiene que surgir de manera sincera, cuando realmente usted logre vibrar con todas esas sensaciones que están allí, aguardándole.
Sin mayores preámbulos, le invito a escuchar estas dos obras, y cuando lo haga compruebe realmente si es solo paz y armonía los únicos sentimientos que afloran en usted al escucharlas.

Tal vez usted crea que esta obra es digna de una película de terror, o del fantasma de la ópera, pero tenga en cuenta que el tiempo de Bach, estas armonías disonantes que parecen mezclarse tétricamente unas con otras eran destinadas a provocar en los asistentes a la misa, la sensación del miedo a dios, a una presencia todo poderosa y eterna, que debía acompañarles en su momento de devoción. El temer a dios, por lo tanto, era considerado parte de la actitud piadosa del fiel en el momento de la eucaristía.
Ahora le invito a escuchar, del mismo autor:

Una deliciosa obra, en la que el compositor lleva a un nuevo plano la forma musical del concierto, es decir, una obra para solista y orquesta. Si ha conseguido experimentar sensaciones diferentes al solaz y apacible relajamiento, le felicito amigo lector, podrá usted acceder a este vasto manantial de sentimientos.

Tony Chávez Uceda

Médico, músico y cineasta radicado en Angola.