A raíz de la publicación de mi anterior artículo “¿Hispanoamérica, Latinoamérica, Iberoamérica, Sudamérica?”, en el que intentaba aclarar las diferencias entre estos conceptos, mi amigo y gran investigador hispanoamericanista Raúl Linares Ocampo, me llamó la atención sobre una exactitud contenida en dicho artículo, que ahora tengo a bien aclarar, en relación con la supuesta invención del término “América latina”, tan amplio como inapropiadamente utilizado hoy en día, en América y el resto del mundo.

Como rectificar es de sabios, según dicen, no podía por menos que hacer la correspondiente enmienda, para despejar cualquier duda al respecto. En el texto del artículo se afirma en dos ocasiones lo que hoy es algo comúnmente aceptado, es decir, que el término fue inventado por la Francia napoleónica, para poder darle a Francia una presencia en un continente en cuyo descubrimiento, colonización, civilización, culturización y administración política no había tenido (casi) ningún papel. Pues bien, lo último es cierto, pero lo primero, me temo que no es del todo exacto. Es decir, no sólo es que Francia no creó o “inventó” el término, sino que, más bien dicho, no es posible determinar quién ni cuándo lo inventó. Acudiendo a la evidencia histórica, a los textos que nos ilustran, mejor que cualquier teoría moderna, qué denominaciones se empleaban en cada época, comprobamos que la expresión “América latina” y similares (como la “raza latina de América”, etc.) ya puede encontrarse en textos de mediados del siglo XIX, pero no como la denominación “oficial” –ni menos aún “popular”- de la América española o hispana, sino en el contexto de contraposición continental entre las dos grandes civilizaciones o culturas de raíz europea que se enfrentan en América: la del Norte, representada por los Estados Unidos, y la a veces llamada meridional, es decir la América hispánica (sobra la inclusión en ella o no de Brasil, hablaremos en otro artículo).

«… la expresión “América latina” y similares (como la “raza latina de América”, etc.) ya puede encontrarse en textos de mediados del siglo XIX, pero no como la denominación “oficial” –ni menos aún “popular”- de la América española o hispana…»

Fue precisamente en el contexto de la doctrina política del “Destino manifiesto” (o Manifest Destiny, en su acuñación original), según la cual diversos escritores, columnistas y políticos norteamericanos intentaron justificar la expansión de Estados Unidos por todo el resto del continente, hasta ocupar todo lo que era, principalmente, la América hispana, cuando empieza a hablarse de una América “latina”. En el contexto de esta doctrina, según las épocas rebautizada con varios nombres, pero siempre con el mismo objetivo de agresión imperialista, los Estados Unidos usurparon a México más de la mitad de su territorio, invadieron Centroamérica, intentaron apoderarse de Cuba, se quedaron con Puerto Rico, instigaron para separar a Panamá de Colombia… y en fin, un largo etcétera que ha jalonado la historia de nuestra América de abusos y atropellos de todo tipo por parte de la “bestia estadounidense”, desde entonces hasta nuestros días. En ese contexto histórico decimonónico de contraposición entre lo que entonces se denominaban las “dos grandes razas o culturas” presentes en el continente americano, es donde al parecer se empieza a apellidar de “latina” a la América meridional, frente a la América anglosajona representada por Estados Unidos. Y, de hecho, este último país ha sido seguramente el principal promotor del término y su universalización, ya en tiempos más modernos, debido, entre otras cosas, a que, al apropiarse los yanquis del término “América” para nombrar a su país, necesariamente tenían que darle otro nombre el resto del continente. Por eso en inglés, “America” no es el nombre de un continente, sino que para referirse a él lo denominan “the Americas”, en plural.

America latina

 

En realidad, como dijimos en nuestro anterior artículo, “América”, sin más, debería haber sido el nombre de la América española, que, si hubiera conservado su unidad y su territorio original intacto, efectivamente constituiría hoy la parte más importante de aquel continente. Siempre he dicho que Estados Unidos es, en realidad, un país sin nombre propio, al menos en nuestro idioma. Porque “Estados Unidos” serviría también para referirse a países como México, o incluso Brasil (denominación oficial aparte), ya que están organizados en “estados” (equivalentes a las “regiones” o “provincias”, etc., de otros países, y por tanto no son Estados soberanos, claro está). Lo de “América”, se refiere hoy a todo el continente, y lo de “Norteamérica” a la masa norte continental. Es decir, que no hay nada en la expresión “Estados Unidos de Norteamérica” que constituya un nombre propio y original de ese país, aunque me temo que su existencia y “hazañas” son bien evidentes en la Historia de la humanidad.

En ese contexto histórico de expansionismo estadounidense, que levantó la voz de alarma en el resto del continente al verse amenazados por su poderoso vecino del Norte, es en el que empieza a usarse la expresión “latinos” para referirse a los americanos que no eran anglosajones, más como una gran contraposición entre dos grandes culturas de origen europeo, por muchos siglos rivales y hasta enemigas, que como una denominación política, étnica, social o lingüística de la América hispana. Cierto es, desde luego, que la diplomacia francesa, e incluso también en parte la italiana, abrazaron el término “América latina”, porque eso les permitía tener una presencia en un continente donde lo claramente predominante era el elemento hispano, y porque además, en el caso de Francia, eso era un pretexto para justificar sus pretensiones imperialistas sobre México y otros territorios. Y, por razones obvias, Francia siempre ha favorecido la utilización de este término, mientras que la diplomacia española actual, al menos oficialmente, emplea el término “Iberoamérica”.

«Estados Unidos es, en realidad, un país sin nombre propio, al menos en nuestro idioma. Porque “Estados Unidos” serviría también para referirse a países como México, o incluso Brasil (denominación oficial aparte), ya que están organizados en “estados”…»

Por tanto, el adjetivo “latino” se emplea en un sentido de origen civilizatorio más extenso y siempre como contraposición a lo “anglosajón”. Del mismo modo, decimos que España, Italia, Francia… son naciones latinas, por lengua, cultural origen, etc. Ahora bien, el término con el que cabe referirse a la América de cultura y lengua hispánicas es Hispanoamérica (o incluso América a secas, si me apuran), pero no “Latinoamérica” o “América latina”, del mismo modo que nadie llama a Estados Unidos “América sajona”. Las naciones, tanto si se han formado como países soberanos (Estados Unidos, Brasil) como si no lo han podido conseguir (caso de Hispanoamérica), son un producto histórico de larga y lenta maduración, y en tal sentido la América hispana ha tenido todos los elementos constitutivos de una Nación histórica: origen, articulación política, legislación, sistema económico, cultura, tradiciones, creencias, historia compartida, convivencia política, idioma común, e incluso un “Estado” histórico como fue el Reino de Indias, durante más de tres siglos. Todo ello hubiera tenido que desembocar, por “lógica histórica”, en el nacimiento de una gigantesca nación, del mismo modo que ocurrió con la América portuguesa (hoy Brasil) e inglesa (hoy Estados Unidos), sólo que llamada de otra forma. Y puesto que en al ámbito de la literatura ya empleamos comúnmente el término “hispanoamericana” para referirnos a la obra creada en nuestro grandioso idioma común, debemos también adoptar este término para denominar a la América donde se habla esta lengua, que, aunque separada por absurdas fronteras artificiales, producto casi siempre del imperialismo anglosajón, está, por demás unida no sólo por un idioma común –lo cual es muy importante como elemento de articulación nacional- sino por un mismo origen histórico, cultura, tradición, creencias y destino.

“América latina” podrá hoy referirse, de manera más precisa o más vaga, a la América donde se hablan lenguas de origen latino, y en tal sentido incluye a Brasil y Haití (y siendo estrictos, también al Quebec, provincia canadiense de habla francesa). Pero por mucha vecindad que tengan, por muy emparentadas que estén sus lenguas, y por mucho que se empeñen en amalgamarlas, lo cierto es que no son, ni han sido, ni probablemente nunca serán, una nación. En esa “América latina”, si existe alguna “Nación” no reconocida, fraccionada, “ahogada” por fronteras impuestas, esa es Hispanoamérica.

José Ramón Bravo

Jurista y escritor español

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