Estarbucks

No sé cómo llegamos allí, salía del trabajo en busca de almas que me cobijen, y aunque Sandra y Elena no eran precisamente devotas de la Virgen de la Puerta ni seguidoras del más radical zen oriental, su compañía, más que acompañarme, me distraía. Había pasado horas organizando mis notas, retocando mis líneas de prensa con algo de color, probando a cambiar adjetivos y verbos por sus correspondientes sinónimos o similares. Tras el trabajo necesitaba desintoxicar, ir de malo caminando por la calle hasta un lugar público para conversar y tomar algo.

Ellas ya sabían mi rutina y cinco minutos después de salir de la redacción me llamaban al rpm para decirme ¿dónde diablos andas Santi? ¡¡Que ya voy, locas ya voy!!. Cogía el comatoso y decadente bus, porque en esta ciudad todos los buses son decadentes, y comatosos también, son milagros de la mecánica, yo calculo que serían de tercera mano en cualquier país de Europa, pero avanzaban, y llevaban gente. Una anciana me vio subir con los audífonos puestos y masculla algo como aquí sube otro muchacho sordo de porquería, no la oigo, cojo el audífono derecho y lo introduzco aún más en mi oreja. Tarareo para mis adentros la canción más linda del mundo Lovers in Japan, me arrincono en una esquina formada por la parte trasera del asiento y la pared del bus. Me alegra no oír a nadie, veo sus bocas dibujando, de manera horrorosa, palabras poco amables, el cobrador se balancea de la puerta de entrada como un mono perezoso, él no cree en la Teoría de la Relatividad, es casi parte de la baranda, nunca caerá aunque el bus vaya a 200 km. por hora.

Mi canción lo embellece todo, la anciana me vuelve a mirar, ya no masculla nada pero sus ojos me enternecen, luego rompe ese dulce fotograma del tiempo tirando en la espalda una moneda al cobrador que esta vez está bien parado en su puerta.

Yo no sé qué hago allí mirando esas escenas, por suerte estoy por llegar al café de siempre, ése que disfrutan las locas de mis amigas y donde se sientan de manera desastrosa, con los pies en los cojines y los codos en todos lados. Bajo en el mall y recuerdo la última nota que mandé al editor, me olvidé de incluir las fotos, ya no tarda en llamarme, le mandará saludos a mi madre, siempre muy cariñoso. Le llamamos “el hombre que no sabe hablar”, lo decimos así porque sólo grita.

Parece que todos van a la contra, mientras busco de lejos el logo de sirena del estarbacks, gordos salen con televisores led en carritos raquíticos, señoras llevan bolsas con comida enlatada y embolsada, dos niñas preciosas con coletas toman helados mientras su madre las persigue con servilletas de papel. Todos salen del centro comercial a cobijarse en sus casas, es invierno y una flota de taxistas sospechosos les esperan en la entrada.  Cuando piso la entrada del café una mano alzada agitándose y una voz rica me llaman ven aquí oe monse. Esa no es la mano que hace un par de años me cogía la nalga derecha a escondidas de todos, no, esa es la mano de Elena. Sandra se ríe, me guiña el ojo y me dice, ya te pedí tu capuchino, le lanzo un beso con la mano abierta y me siento después de haber lanzado mi mochila a las piernas de Elena quien, con delicadeza, la coge con dos dedos, la eleva a lo alto y la deja caer sobre mis pies.

¿Y cuántos muertos hoy?, dice Sandra, no, seguro hoy reporteó alguna noticia del Barcelona, ya me tiene harta, métete de lleno al periodismo deportivo, Santi, agrega Elena. Miren obtusas, si vengo a verlas es porque a ustedes les importa de todo menos las noticias, son las mujeres más desactualizadas de esta ciudad incompleta, se ríen, me dicen pseudointelectual, revisan mi mochila y pretenden ojear mi novela de Auster pero la abandonan ipsofacto, Sandra husmea en mis mensajes de texto, secuestra mi celular por un buen rato mientras masca un chicle, ya descolorido, pero al que intenta sacarle un globo de manera infructuosa. En ese momento me doy cuenta que desearía ser su goma masticable.

Sandra reniega de su bien remunerado trabajo y Elena quiere cambiarse de carrera. Las dos son inofensivas, valientes de la boca para afuera, rebeldes del alma hacia dentro. Sandra es superinteligente y tiene el cuerpo esculpido por el ballet, por eso todos quieren estar con ella, Elena es bastante lesbiana, por eso le encanta mirar a las flacas más interesantes del mal, por eso todas quieren estar con ella y sus ojos acaramelados y dormilones.

Tras dos horas de charla y dos capuchinos, uno pagado por mí y el otro por Sandra, se hace el silencio, han apagado la música del café y nos quedamos callados. No sé si por efecto de la cafeína o porque ya no había de qué hablar, pero Elena, inconsciente de su lesbianismo, suelta ¡Quiero ser madre!, Sandra no aguanta la carcajada y luego dice ¡Yo quiero largarme a Marte! y yo finalizo ¡Yo las voy a llevar a sus casas brujas preciosas porque ya es tarde!

Nos levantamos, enrumbamos hacia la entrada mientras las luces se van apagando a nuestras espaldas. Un par de zapatos Gant, un par de zapatillas Converse y un par de zapatos Bata salen del mall, deslizándose hacia la noche más noche.

 

Valery Bazán

Periodista