Como sabemos, Hispanoamérica no sólo formó una unidad política dentro de la monarquía hispana con una legislación, economía, comercio y moneda propios, sino que además dicha unidad se prologó durante más de tres siglos, es decir, que su existencia como entidad política es muy superior a la de la inmensa mayoría de “países” que existen hoy día en el mundo, con la única excepción de una decena de naciones a lo sumo (Gran Bretaña, Francia, Portugal, España, China, Rusia, Japón). La gran mayoría de países de la propia Europa, y por supuesto Asia y África, tienen tan sólo unas décadas de existencia como entes políticos soberanos. Es decir, el argumento histórico refuerza la tesis de que Hispanoamérica es, de hecho, una nación dividida por las potencias anglosajonas para impedir la formación de una superpotencia de habla española en el mundo, que hoy se mediría cara a cara con China y Estados Unidos. La segunda gran patraña que desde chicos nos han metido en la cabeza es que la América española, y el mundo hispánico en general, era un mundo “pobre, atrasado, feudalizado, con terribles desigualdades e injusticias, etc.”. Evidentemente, si comparamos la sociedad estamental de entonces con las sociedades democráticas más avanzadas de hoy en día, es como comparar la luz y las tinieblas. Pero sucede que a los hechos históricos hay que contemplarlos y juzgarlos en la época a la que pertenecen. Y en la época a la que nos referimos, España y las Indias eran uno de los Estados más avanzados y poderosos del mundo.

El gran geógrafo, naturalista y explorador Alexander Humboldt en su obra “Viaje de un naturalista alrededor del mundo” (publicada en 1800) habla maravillado del avance científico y social de la Nueva España (hoy México) y otros territorios de la América española, comentando al respecto que no ha visto en el mundo mayor alegría y felicidad de vida que en las posesiones españolas en América: “Es un canto a la vida, una esperanza de felicidad; el lugar donde viven las personas más dichosas del planeta”, como nos recordaba el economista e historiador argentino Julio Carlos González en una entrevista en la que comentaba su magnífico libro “La involución hispanoamericana”: la autoridad de Humboldt, pues, destruye la novela imaginaria de una antinomia entre autóctonos y españoles. Efectivamente, tras los primeros enfrentamientos –inevitables- de los primeros años de la Conquista, después, durante tres siglos, se cimienta una civilización hispano-indiana (o indo-española) que vive en perfecta armonía. Y señala además al respecto este autor que los indios poseían sus propias tierras, que la Corona española respetó, a diferencia de lo que ocurrió con las repúblicas criollas tras la independencia, una de cuyas primeras medidas legales fue decretar el fin de la propiedad comunal indígena para vendérsela a bajo precio a criollos y extranjeros y poner los recursos económicos de Hispanoamérica a disposición del imperialismo británico, todo lo cual conllevó el empobrecimiento y miseria masiva de la población indígena. La tercera gran falsedad es, de hecho, presentar la mal llamada “independencia” como una obra épica de liberación de naciones. Esto es un auténtico disparate, porque la época de las nacionalidades no surge sino hacia las últimas décadas del siglo XIX (justamente cuando se producen las reunificaciones respectivas de Alemania y de Italia),  de modo que lo que en realidad supone la mal llamada “independencia” es en realidad el inicio de la “dependencia”… de Inglaterra y posteriormente de Estados Unidos. Es decir, supone la “destrucción de la potencia hispánica” (en acertada expresión del historiador Luis Navarro García, de la Universidad de Sevilla), de pasar de ser una gran potencia decisoria en la geopolítica mundial a ser un archipiélago de pequeños y medianos Estados sin ningún rol relevante en el mundo, como querían precisamente los anglosajones, para dominarnos mejor.

Durante la época virreinal, tanto en México como en otros lugares de América existían tanto los recursos como los factores y las condiciones que habrían podido llevar a Hispanoamérica a un formidable desarrollo económico, si las elites criollas no la hubieran dividido y entregado a la voracidad de Gran Bretaña. Tanto en México como en Quito, así como en muchos otros lugares, existía una amplia actividad de producción textil, toda una proto-industria virreinal que, de haber evolucionado de forma autónoma sin la interferencia destructiva de las manufacturas europeas, sobre todo inglesas, habría sido el cimiento de un futuro desarrollo económico hispanoamericano de mucho mayor alcance. Además, el mismo Julio Carlos González nos recuerda que durante los tres largos siglos de la época indiana o virreinal, el Pacífico era “el mar de España” pues al estar el Atlántico plagado de piratas ingleses que asaltaban continuamente a los galeones de Indias, el comercio internacional sólo podía realizarse con “normalidad” a través de los tres grandes puertos hispanos del Pacífico: Monterrey (en la actual California, pero en aquella época territorio de Nueva España), Callao y Valdivia. Los grandes países de Asia (China, Japón, India) no se regían por el patrón oro, sino por la moneda de plata, por lo que la moneda española, la onza castellana de plata o real de a ocho, era moneda corriente en los intercambios comerciales. Por ello dice este autor que “el imperio español suponía la mitad del movimiento de la economía mundial”. Y fijémonos dónde estamos ahora.

Y volviendo al supuesto “utopismo” de las ideas reunificadoras hispanoamericanas, no está de más recordar que las grandes creaciones y cambios políticos que han cambiado radicalmente el curso de la historia, bien podrían haber sido considerados como “utópicos” en la época en que estaban a punto de realizarse. ¿Fue considerada una utopía la revolución francesa, la independencia y formación de Estados Unidos, la creación y posterior caída de la Unión soviética, etc.? Tal vez, pero es un hecho que ocurrieron, y es también un hecho que la historia no es una proyección en línea recta del presente, pues en tal caso no habría nunca evolución. La historia nos sirve de referencia, sí, para comprender a las sociedades humanas a través de los tiempos, saber de dónde venimos y ayudarnos a buscar las bases que pueden ayudarnos a construir un futuro mejor, sin cometer los errores del pasado, aunque sin poder renunciar a lo que ya somos. Y esto es precisamente Hispanoamérica: una Nación de casi 400 millones de personas, de México a Argentina, que poseen un mismo origen, historia, creencias, tradiciones, cultura e idioma. El estudio detenido y objetivo de nuestra propia historia nos demostrará, una y otra vez, no sólo lo que hemos sido y somos, sino, muy especialmente, lo que habremos de ser: cuál ha de ser nuestro destino.

Porque  los obstáculos legales y materiales pueden ser muchos, pero lo esencial es la cuestión fundamental, lo que ha de ser una idea persistente entre nosotros: la reunificación. No existen suficientes razones en el mundo para justificar que Hispanoamérica deba continuar desunida. Sostener esto es lo que constituiría, realmente, la utopía y la anti-historia.

A continuación de muestra el mapa de las Indias (Hispanoamérica) a finales del siglo XVIII. La que estaba destinada a convertirse en una de las naciones más extensas y poderosas del mundo acabó, por desgracia,  fragmentándose en multitud de repúblicas sometidas al imperialismo anglo-estadounidense, origen de su subdesarrollo actual.

Reproducimos, por su interés, el vídeo de la entrevista completa realizada al Dr. Julio Carlos González, abogado, escribano, ex profesor de economía en la Universidad Nacional de Buenos Aires (1965-1976) y profesor de Estructura Económica Argentina en la Universidad Nacional de Lomas de Zamora desde 1989, en la que comenta su libro “La involución hispanoamericana: de provincias de las Españas a territorios tributarios. El caso argentino, 1711-2010”.

José Ramón Bravo

Jurista y escritor español

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