Antes de continuar explorando el fascinante mundo de la música clásica y de su interminable gama de emociones, le ofrezco el día de hoy, estimado lector, una visión fundamental sobre el elemento de todas las músicas, es decir, el sonido.  Debo excusarme ante usted de usar en esta entrada términos de la física, filosofía, música y matemática. Intentaré hacerlo desde una perspectiva más artística, para que podamos llegar a una conclusión que, posiblemente, cree en usted una visión de la música como jamás la haya tenido alguna vez. Todo sonido es una onda, y las ondas son perturbaciones de un medio que se transmiten sin alterar las partículas del mismo , llevando una cierta cantidad de energía.  Tal vez el ejemplo más claro que tengamos de lo que es una onda sean las olas del mar. Ahora, si bien es cierto, las ondas no perturban el medio por el que se desplazan, definitivamente si logran perturbar el destino final de su trayectoria, como todos nosotros hemos visto el poderío de la erosión en nuestro litoral liberteño.

…la música, al ser una categoría más elevada de sonido, tendrá efectos en nuestro accionar cerebral mucho mayores que la simple orientación espacial que nos dan los ruidos cotidianos.

El sonido, al ser una onda, tampoco perturba las moléculas del aire por el que se desplaza, pero sí  desencadena una serie de fenómenos increíbles al llegar a nuestros oídos. Puede infligir dolor si la amplitud de las ondas es enorme, o nos puede dar una orientación en el espacio más precisa. No es coincidencia que el órgano de Corti, o caracol, esté en estrecha relación con los sensores que detectan las variaciones de la posición de la cabeza. Vale la pena decir que el sonido crea sensaciones espaciales en nuestra mente. Resulta por lo tanto, correcto afirmar que la música, al ser una categoría más elevada de sonido, tendrá efectos en nuestro accionar cerebral mucho mayores que la simple orientación espacial que nos dan los ruidos cotidianos. Ya en otra entrada podré explayarme en mayor detalle sobre estos efectos.

Retomemos ahora la noción de que la música, al ser sonido, está conformada por ondas. Existen otros tipos de ondas, por ejemplo las ondas luminosas que podemos percibir como toda la gama de colores del espectro, son de otra naturaleza. Las llamadas ondas electro magnéticas, si bien algunas de ellas las podemos sentir en el tacto y sobre todo con la vista, una vasta infinidad estará lejos del alcance de nuestros sentidos. Es más, una propiedad de estas ondas es que también desafían nuestra comprensión, ya que son al mismo tiempo partículas. El gran Heisenberg llegó a demostrar más allá de toda duda que estos fenómenos serán ondas o partículas, dependiendo de cómo los estemos observando. Ahora usted querido lector podría cuestionarme ¿Qué clase de confusión quiere crearme con estos acertijos e intríngulis cuánticos?

…y si el sonido se puede dividir en ruido y música, entonces podemos concluir que algún fragmento de nosotros fue música en algún momento.

Estas ondas nos llevan a la esencia misma de la materia, al momento en que nuestro universo llegó a existir. Verá estimado lector, antes del Big Bang, toda la materia, sus partículas y sus ondas, el espacio y el tiempo estaban concentrados en una singularidad infinitamente diminuta. Hasta el momento no existe una  noción clara de la clase de partículas que había dentro de esa ultra mega concentración de elementos, pero sí podemos tener la certeza de que esas partículas desconocidas al mismo tiempo eran ondas. Llegamos finalmente a una conclusión asombrosa. Nietzsche dijo una vez que dios (entendido como toda religión) estaba muerto, Stephen Hawking afirmó luego que la filosofía estaba muerta. Esto refleja el impulso irresistible del ser humano por llegar a comprender fenómenos que van mucho más allá de él. Atrevámonos por tanto a contradecir a Hawking. Filosofemos un poco sobre ese momento de la creación del universo. Veamos que al haber sido todos nosotros, y todo lo que nos rodea, ondas que luego explotaron con una inimaginable potencia, y formaron el espacio, el tiempo, y toda la materia, entonces podemos concluir que entre esas ondas estaba también el sonido, y si el sonido se puede dividir en ruido y música, entonces podemos concluir que algún fragmento de nosotros fue música en algún momento.

No en tanto, debo aun más apelar a su paciencia, y traerle una afirmación de Richard Feynman, uno de los más grandes físicos del siglo XX:  cada partícula, al comportarse como onda, se desplaza por todo el universo, para llegar a su objetivo. Esto parecería una locura total, salida de cuento de ciencia ficción. Pero al menos si transportamos esta noción al momento de la creación (a falta de un mejor término) del universo, entonces todas esas onda-partículas, que se convirtieron en átomos de hidrógeno y helio, para luego fusionarse en supernovas y convertirse en el resto de los átomos, que se convirtieron en moléculas, que se convirtieron en agregados coloides, que se convirtieron en células, que evolucionaron a bacterias, hongos, plantas, trilobitas, peces, dinosaurios, mamíferos, primates, seres humanos, fueron música también.

Es decir la música, al ser la mejor forma de elaborar ondas de sonido, viene a ser también el comulgar, todos aquellos que la compartimos, con el momento más sublime de nuestra propia creación.

   Ahora le invito a que se siente, tome un respiro, cierre los ojos (no se relaje, para nada) y escuche esta sinfonía de Beethoven mientras reflexiona sobre todo lo que acabamos de filosofar…